Teletrabajo, maternidad y cuarentena. Cómo sobrevivir y no morir en el intento

Mientras escribo esto mi marido hace malabares en la cocina tratando de cocinar con mi hija de 1 año 7 meses revoloteando por todos lados. Al mismo tiempo respondo un correo electrónico y le contesto un whatsapp a mi jefe mientras veo otro del jardín de mi hija donde nos mandan actividades para hacer en casa, parece que me he vuelto más multifuncional que nunca pero debo reconocer que si no fuera por mi marido no podría rendir en el trabajo, debo mencionar que él también está trabajando desde la casa y le piden metas por cumplir.
El problema… mi hija quiere estar conmigo y sólo conmigo. A su corta edad he recurrido a la Tablet más de lo que quisiera pero es la única forma de poder avanzar en un mi trabajo que también corre peligro de sucumbir en esta crisis no sólo sanitaria si no también económica que nos trajo el confinamiento en casa.

Tengo 35 años y la angustia viene a mi varias veces al día ya sea porque ya no sé cómo entretener a mi hija, porque no sé cómo responder bien en el trabajo o porque el futuro se hace incierto y hay cuentas que pagar.

Con mi marido nos casamos en septiembre del 2017 y tenemos 3 hijas, la mayor 19 años (biológicamente mía) la del medio 16 años (biológicamente de él) y la menor,  la nuestra. Sería mucho más fácil si ellas estuvieran con nosotros ahora o quizás sería un caos mayor, no lo sé. También está la pena de no poder ver a las mayores porque la biológicamente mía, preocupada por sus tatas, quiso quedarse con mis padres, ellos de la tercera edad y en especial mi madre que sufre de una enfermedad autoinmune son población de riesgo. La del medio vive en otra ciudad pero venía los fines de semana que podía o para las vacaciones, se le extraña mucho, tenemos gustos y pensamientos tan parecidos.

Son tantas cosas en la cabeza y por hacer, si sólo tuviera que hacer mi trabajo no sería tan difícil, ya que también es un desafío el trabajar con menos herramientas que con las que contabas en la oficina, además hay que sumarle una niña revoltosa que se sube a todos lados y que grita mamá mamá, que tortura a la gata que corre desesperada por la casa… aunque prefiero los gritos porque el silencio oooh nooo el silencio, alguna embarrada está haciendo y por mientras suena el teléfono y llegan los correos y todos quieren respuestas como si estuvieras trabajando en la normalidad.

Y tengo otro pensamiento mientras veo que mi bebita se subió a la mesa del comedor, si me descuido y le pasa algo al caer o  en la cocina tengo que llevarla a un centro asistencial donde la expondré a ese maldito virus. Y luego miro que tengo ropa que planchar, que hay loza que lavar, mi hija dejó un desastre con unos papeles que sacó pero tengo correos sin responder, cotizaciones que hacer, propuestas que enviar y quiero mandar todo a la cresta. Luego  respiro y pienso, por lo menos tengo trabajo. Me calmo, aunque sé que en unos minutos volverá todo el torbellino a mi cabeza nuevamente, cuando vuelva a sentarme a trabajar y mi hija quiera que le preste atención o tome su chaqueta y me diga “mamos” para salir y yo no pueda explicarle por qué solo puede estar dentro de la casa o cuando no puedo explicarle a un cliente, que me llama justo en la siesta de mi hija, que si estoy en casa ella quiere estar con su mamá al lado y este cliente me diga medio en broma medio criticando, “aaah estaba durmiendo la siesta, disculpe que la moleste”…

Finalmente me rio porque hace un mes estaba sufriendo porque tenía que dejar a mi bebita en la sala cuna… y en unos minutos empezara todo nuevamente, los correos, las llamadas entre gritos, llantos y cambios de pañal y teta (si, aun le doy pecho) vuelve la angustia y me vuelvo a reír.

 

Carmen Gloria Tobar

Constanza Diaz

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