El dolor de perder a un ser querido no se pasa, pero aprendes a vivir con él

Te fuiste hace un mes. Y aún me cuesta creer tu partida. Es como una película que nunca quise ver, es como una realidad paralela que me niego a aceptarla. Pienso que estás de viaje, que estás en tu casa a orillas del río cosechando limones de tu limonero (recuerdo que me mandabas con bolsas llenas de limones a mi casa cuando te iba a visitar). Pienso que estás en tu cocina tomando un té o pintando tus maravillosos cuadros de cebras y animales. Cuadros llenos de colores, vida, alegría. Porque así eras tú. Una mujer extraordinaria, artista. Viajera. Auténtica. Eso era lo que más me gustaba de ti. Tu autenticidad, tus conversaciones profundas. Tu arte. Eras diferente a los demás y eso me encantaba.

Tu pelo crespo. A veces rojo, a veces rubio, a veces revuelto al viento. Tu risa, tu humor. Tu generosidad, tu simpleza. Tú no tenías que demostrarle nada a nadie. Porque tú lo eras todo y te plantabas ante el mundo con total naturalidad.

Fuiste fuerte. Hasta el final. Fuiste una tremenda amiga. Te preocupabas de que yo estuviera bien cuando tú ya estabas muriendo. Y lo sabias. Pero no me quisiste nunca alarmar.

Eras sabia. Buena mamá. Amante de tus perritos, tu marido, tus hijitos.

No. El dolor no pasa. Estas últimas noches me he acostado llorando. Veo tus fotos y videos. Escucho tus audios. Y, ¡por la mierda! Ya no estás. Es que no me lo puedo creer. Tan solo tenias 45 años.

Me duele en el alma tu partida. Sólo me queda acostumbrarme a vivir sin ti y buscarte en cada lugar. Busco tus señales. Por ahí están. Si me fijo bien, siempre están.

Sólo muere a quien se le ha olvidado.

Constanza Diaz

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