De cuando dejé de gritarle a mis niños y lo que pasó

Reconozco que me cuesta mantener la calma y exploto con cualquier cosa. No me caracterizo por tener paciencia y pierdo el control con facilidad. “Soy de mecha corta”, como dicen. Siempre fui así. De chica era buena para hacer pataletas, cuenta la leyenda. Si no obtenía lo que quería, comenzaba el show. Lo recuerdo vagamente.

Hasta que fui mamá. Tengo dos niños que tienen un año de diferencia. Se imaginarán  lo que es eso. Gritos, desorden, llantos, peleas. Son niños, niños normales. Fui una mamá gritona, una mamá histérica. Gritaba y luego me arrepentía. Y no saben ustedes lo que pesa esa culpa.

Los adoro pero no tenía paciencia. No veía ningún tipo de cambio en la actitud de ellos.   Es decir, el ir de neurótica por la vida no hace que tus hijos se porten mejor, al contrario, pienso que a largo plazo te pueden terminar odiando. Hasta que un buen día hice click y comencé a cambiar. Comencé a contar hasta diez o hasta cien y a cultivar la paciencia. No es fácil. La clave es tener un espacio para una misma aunque sean treinte minutos al día. Despejarte. Tener una actividad. Hacer un deporte.  Y ojalá, ayuda. Un familiar, alguien que te brinde una mano en la crianza porque esa madre que está todo el dia sola, todo el año  sola con sus hijos, se convierte en una madre gritona, estresada. Al limite.

Comencé a transmutar el estrés de la crianza en amor. Comencé a respirar y pensar lo que iba a decir. Comencé a tomarme mi tiempo y a cultivar la paciencia que, créanme, no es fácil. Cuesta y mucho. A veces no me resulta muy bien pero cada día me esfuerzo más por ser una mamá amorosa, cariñosa, que pone límites con amor. Una mamá que conversa las cosas, porque el diálogo es la mejor manera de lograr una negociación. Tengo una relación rica con mis niños, han mejorado su autoestima. Los veo felices. Nos queremos muchísimo, me lo dicen, yo se los digo a ellos y no me canso de decírselos. Todos los días, todas las noches cuando nos acurrucamos antes de dormir. Quiero ser cada día mejor, enojarme menos y que siempre confíen en mí. Los adoro y quiero ser la mejor mamá que la vida les dio. Desde que dejé de enojarme tanto, todos somos más felices, solucionamos los problemas con besos, con contención y buscamos la fórmula para salir adelante. Porque eso les explico y repito: Busquen siempre la solución antes de desesperar. Creo que es el mejor camino para tener hijos sanos y amorosos. Ellos aún no pueden modularse, pero nosotras sí y nuestra obligación es hacerlo.

Constanza Diaz

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