Yo era el Grinch de la Navidad hasta que la pasé en Nueva York y todo cambió

No me gusta la Navidad. La eliminaría del calendario. Sin piedad alguna. La Navidad me llena de pena y nostalgia. Me pone triste y si no tuviera hijos creo que pasaría esa noche como cualquier noche del año, en mi casa, en mi cama y escribiendo en mi computador.

La Navidad me trae recuerdos de mi infancia, maravillosa infancia llena de colores, luces, olor a pino navideño de verdad. Mis padres, mis abuelos. Canciones en alemán. Era mágica hasta que crecí, mis padres se separaron, mi padre se enfermó y la Navidad se fue convirtiendo en una fecha que me causa rechazo y pánico. Cada vez que se acerca siento temor porque me lleno de pena y recuerdos de gente que ya no está, una infancia linda pero que ya hace rato se fue y mis padres viejos y enfermos. No es una fecha de alegría para mí.

Y sin embargo, aquel año que pasé la Navidad en Nueva York, la magia del hemisferio norte, de la nieve, de las vitrinas llenas de luces y colores eliminó por un lapsus el Grinch que llevo dentro y mi alma se llenó de un espíritu navideño que nunca antes en mi vida adulta había tenido. Les confieso que la disfruté. La viví y la vibré. Fue para no creerlo. Gocé cada cuadra que recorrí, pese al frío que calaba mis huesos, porque créanme, en Manhattan el invierno es crudo. Pero le da un toque aún más especial a esta fecha. Porque la Navidad con frío y con nieve más un tazón de chocolate caliente, le da un significado especial que acá en el hemisferio sur no tenemos. Porque en serio, ¿Quién le cree a un Santa vestido de Polo Norte con 34 grados Celsius? Nadie.

El árbol de Navidad del Rockefeller center y sus pistas de patinaje sobre hielo. La Catedral de St. Patrick, llos villancicos en las calles, as vitrinas de Macys. El show que tuve la oportunidad de ir a ver al Radio City  Music Hall: Christmas Spectacular con las rockettes fue como que me hubieran teletransportado al Christmas Wonderland. un show espectacular como su propio nombre lo indica.  Empapada a más no poder del espíritu navideño.

Pasar la Navidad en Nueva York es un sueño. Es un privilegio que hasta el más Grinch de todos, así como yo, disfruta. Ni el frío, ni el viento, ni la multitud que inunda las calles, raudas con sus bolsas de regalos, te quita la magia y el placer de pasar una Navidad en la ciudad más cosmopolita y fascinante del mundo.

Constanza Diaz

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