Ver a tu padre morir de a poco y la fuerza que sacas para no morir con él

Los padres los recordamos jóvenes, fuertes. Poderosos y guerreros. Ellos eran todo para nosotros, los hijos. Nuestros referentes, nuestros guías. Nuestro refugio.

Hasta que enferman, envejecen. Pierden la fuerza y es una la que pasa a cuidarlos y darles la mano para guiarlos.

Sabes que va a morir. Pero no sabes cuándo. Mi padre sufre una horrorosa enfermedad que se llama Parkinson que no te mata pero aniquila tu cuerpo. Lentamente. No sabes cuándo será el día. Sufres cada vez que suena el teléfono y te llama una de sus cuidadoras. Sufres con cada crisis que le da. Con cada estadía en la clínica y piensas, ¿será la última?

Te conectas con tus miedos más profundos. Te conectas con un dolor inexplicable por el cual no hay nada que puedas hacer. Nada. Que impotencia más grande ver a tu padre morir de a poco. Y al mismo tiempo cuidas a tus hijos y debes velar por ellos. No dejarlos de lado, sacarte la cara de angustia y sonreír. Tu padre se apaga  y tus hijos comienzan la vida y debes compatibilizar dos situaciones tan reales y contradictorias. Tan extremas ente si. La vida y la muerte.

No puedes planificar viajes. Ni siquiera un viaje por un fin de semana. ¿Y qué pasa si se agrava? ¿Qué pasa si se va cuando no estoy? No te dan ganas de ir a sentarte a un bar a reírte porque tu padre está en una cama, sin hablar, sin moverse, conectado a una máquina que lo alimenta. Esperando su final. Que puta vida. Que puto desenlace. Lento, doloroso. Sufrido. No te dan ganas de alejarte de él. De soltarle la mano. Y afuera todos siguen como si nada y la gente que antes lo buscaba hoy ha desaparecido. Y ahí estás tú y él, hablándole de recuerdos, cumpleaños, anécdotas de tu infancia.

Que tu padre se esté muriendo te hace recordar que tú también morirás y tus hijos deberán pasar por todo lo que estás pasando y realmente no quieres que sea así. No quieres que ellos sufran porque has tratado siempre de evitarles el dolor. Pero, ¿cómo les evitarás el dolor de tu propia partida? Entonces haces lo posible por mostrarles que  hay que ser fuertes en la vida, que no hay que doblegarse al dolor. Que tan sólo es el ciclo de la vida. Todos nacemos para morir y mientras estamos vivo debemos intentar ser felices. Y corres a verlo y regresas a casa a darle la comida a tus niños y bañarlos sin poder sacarte de la mente la imagen de tu padre enfermo, disminuido. Postrado.

No se lo deseo a nadie.

 

Constanza Diaz

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