Testimonio: “Yo no quiero tener hijos y soy feliz así”

Por Andrea Poblete

Tengo 36 años. Soy la mayor de los hermanos y primos. Vengo de una familia muy “normalita” donde la gente estudia, pololea, se casa y tiene hijos. Siendo yo la mayor, era también la indicada a seguir con la tradición antes que mis hermanos y primos.

Siempre fui buena alumna, entré a la universidad a estudiar odontología, me titulé sin reprobar ningún ramo. Estaba pololeando hace ya un tiempo con un hombre mayor que yo, y al titularme, me casé.

Obvio que una vez casada, cuando todavía no me sacaba el vestido de novia,  nos estaban preguntando “y los niños, ¿cuándo?”. Como él era 14 años mayor que yo, sentía más apuro, pero yo tenía 24 años, recién titulada, con ganas de viajar y disfrutar mi plata, no de tener hijos. Di mis razones, las entendieron todos los que me molestaban, y por un tiempo me dejaron en paz.

Viajé, disfruté mi plata, y volvieron a preguntar. Mi matrimonio no andaba nada bien, y aún así a todos les parecía que ya era hora de reproducirse. Menos a mí. Mi ex marido también empezó a presionar y cuando le preguntaba sus razones para querer ser papá (a ver si me contagiaba con kilos de ternura), su respuesta era: porque ya estaba viejo…no creí que fuera un motivo en absoluto. Me pareció atroz de egoísta y primitivo.

Empecé a pensarlo  y a analizar sesudamente la posibilidad de tener hijos. Los pro y los contra y MIS posibles razones para querer ser mamá, y no encontré ninguna. Absolutamente ninguna razón me parecía lo suficientemente fuerte como para traer a un ser humano al mundo y hacerme cargo de él. Menos traerlo a un matrimonio ya destrozado.

Como las cosas iban de mal en peor, al tiempo me separé.

Todos los que me presionaban mientras estuve casada, me daban ánimos “pro-maternidad” diciendo que una vez que tuviera una nueva pareja, y todo fuera amor y corazoncitos, me iban a dar ganas de tener un hijo con él (y obvio, con el efecto hormonal de los estrógenos en plena ovulación a quién no), pero volví a analizarlo, a pensarlo sesudamente, y esta vez junto a ese hombre que me llenaba de amor y corazoncitos, después de mucho darle vueltas (la presión del entorno es insoportable), consideramos que estamos tan bien así, que nos complementamos tan bien entre los dos, que traer un tercero al equipo no tiene sentido.

Soy una mujer completa, a meses de titularme de mi segunda carrera (medicina veterinaria), tengo hobbies, amigos y de los buenos, no soy infértil ni amargada, y aunque tengo mascotas y las adoro, no soy la solitaria “loca de los gatos” que vive en una casona oscura peleando con los vecinos.

A  mí no me gustan los niños, y traer a un pobre crío al mundo a ver si “me baja el instinto”, o a comprobar la teoría de que “es diferente cuando es un hijo tuyo y no cualquier niño”, o para que “me cuide cuando sea vieja”, me parece un acto funesto, egoísta y hasta macabro.

Creo que sería lo peor ceder a la presión y reproducirme por razones que otros inventan para mí, y que no me convencen por su falta de peso. Si quiero que alguien me cuide cuando vieja, contrato a alguien, ¡no querré que un hijo arruine su vida cambiándome los pañales!

Con mi compañero somos felices así, no nos falta nada, disfrutamos nuestra compañía y también nuestra soledad. Somos personas felices, que viven el día a día, que no nos agobia esa necesidad de trascender. No queremos traer a alguien a este superpoblado mundo, lleno de barbaridades y peligros. No queremos invertir tiempo en criar a alguien. Preferimos tener tiempo para nosotros, para hacer lo que nos gusta, o no hacerlo. Preferimos ser completamente libres a darle todo el cuidado y atención que requiere un ser humano para que resulte un buen ser humano, porque ahí está el punto importante: cualquiera puede reproducirse, a eso vino todo ser vivo, no es algo especial ni mágico, es lo básico de cualquier especie. Lo especial y mágico es criar, y para hacerlo bien (y no morir en el intento) hay que tener plata, tiempo, ganas, un desprendimiento absoluto, y eso no nos interesa hacer. Preferimos hacerlo para prolongar nuestro bienestar. Y no, no es egoísmo. Egoísmo contra quién? Contra un hijo que no existe? Eso es absurdo!

Y tampoco es que “ya voy a cambiar de opinión”. Esto no es un capricho. No hay una bomba hormonal de por medio. Esto es algo que los que tomamos esta decisión lo pensamos, repensamos y sobrepensamos, y es algo que también debieran hacer todos los que deciden ser padres, para que puedan salir buenos hijos de quienes realmente aceptaron el desafío, y no sólo de quienes se dejaron llevar por la corriente, y cedieron a esa presión social y familiar monstruosa que te dice qué hacer y cuándo, sin nunca pensar en lo que pasa con los hijos de quienes no querían ser padres, sino que sólo querían tener un hijo.

 

Andrea Poblete

Constanza Diaz

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