Testimonio: “Soy mamá adoptiva y siento que por fin conocí lo que es amar de verdad”

A los 40 años, me convertí en mamá primeriza de un bebé de un año y un mes. Todo empezó cuando con mi marido, Rodrigo, intentamos quedar embarazados el año 2009. Desde entonces, perdí la cuenta cuántos especialistas vimos; cuántos exámenes nos hicimos; cuánto investigamos del tema y cuánta cosa tomamos para hacernos más fértiles.

Nada resultó.

Mientras todo eso ocurría, debíamos soportar comentarios del tipo: “¿Y cuándo tendrán hijos?

Se les va a pasar el tiempo, hay que disfrutar los niños cuándo uno es joven.

No pueden…¡y han ido a ver especialistas?

Yo  conozco uno infalible.

¿Y si no pueden, por qué no adoptan mejor?

El tiempo avanzaba sin novedades y cada vez eran más las interrogantes sobre nuestra paternidad.  Esa fue una época extraña: por una parte, sentía la empatía y apoyo de algunos pero la incomprensión de muchos. Varias veces, con mi marido nos sentimos discriminados solo por el hecho de no tener hijos. Varias veces tuvimos que escuchar preguntas incómodas y comentarios desatinados. Sufrí en silencio muchos años. Anhelaba sentir que alguien me dijera “mamá”, de sentir esas emociones y sentimientos que solo las madres sienten por sus hijos. Necesitaba proyectarme, dejar mi huella y ser parte de alguien. Sentía que eso en una pareja no se lograba. Las parejas van y vienen, los matrimonios pueden quebrarse, el amor puede acabarse. Los hijos en cambio, son para siempre, el amor hacia ellos es inquebrantable.

A finales del 2013, yo tenía 36 años. El ginecólogo de ese entonces, (fueron varios los que consulté antes) al ver que ya no nos podía ayudar, nos derivó a la Clínica de la Mujer en Viña del Mar, para ver especialistas en fertilidad. El médico que nos vio, al ver los exámenes, fue categórico. La producción de espermatozoides era tan escasa que solo podríamos optar a una in vitro, pero no nos garantizaba que resultara al primer intento. Eso ya lo esperábamos. Lo que no esperábamos, era que según el especialista, debíamos hacerlo dentro de los próximos 3 meses. La razón: mi edad. Estaba justo en el límite de edad ideal, después el proceso podría ser más complejo, ya que mis óvulos no eran jóvenes y cada mes que pasaba, más viejos serían. Nos recomendó ir a apoyo sicológico antes y durante el proceso de in vitro. Salí de ahí, con un nudo en la garganta, con la sensación de sentirme una veterana inservible, además de pensar en la cantidad de dinero que gastaríamos en ese tratamiento, dinero que para colmo, no contábamos en ese momento. Pensé en todo en  el  tiempo perdido, que todo sería distinto si hubiésemos hecho las cosas de otra manera, de no haber escuchado consejos que de nada sirvieron. De no haber ido a tanto médico, que nos recomendaron personas que nunca tuvieron problemas de fertilidad y que además, nos llenaron de falsas esperanzas. Me sentí culpable, de no haber hecho caso a mi intuición. Me sentí culpable de todo.

Después de eso, caí otra vez en depresión. Estaba agotada física y emocionalmente. Ya no quería saber más del tema, me había rendido. En el verano de 2014, con mi marido, nos fuimos de vacaciones al sur. Era como una segunda luna de miel. La idea, era volver a encontrarnos como pareja, ya que por todo lo que habíamos pasado, la relación se desgastó. Durante ese viaje, conversamos y reflexionamos mucho sobre nosotros y nuestro futuro. Fue entonces, que tomamos la decisión de adoptar. Esa idea, había dado vueltas hace años, pero ésta era la primera vez que la consideramos como la única opción de formar una familia.

La decisión no fue fácil. Sobre todo para mí. Yo mantenía la esperanza de que algún día seria mamá biológica. Mi marido en cambio, siempre estuvo dispuesto y la idea de adoptar un niño o niña, le parecía mejor alternativa que seguir insistiendo con tratamientos médicos. Y tenía razón.

Fue entonces, que recordé un episodio, cuando quise apadrinar a un niño o niña de un hogar en Limache. Acompañada de mi mamá, fui a consultar a dicho hogar y una funcionaria (no fue amable), me dijo: “Mire, solo podrá sacar a un niño o niña de este hogar, si lo adopta. Eso de apadrinar niños ya no se usa hace tiempo. Tengo entendido que muy pocos hogares en Chile quedan con esa modalidad. Espérenme, ya vuelvo”. Nos dejó paradas en la puerta sorprendidas y al cabo de un par de minutos, volvió con una tarjeta. “Acá le dejo todos los datos de la unidad de adopción de Sename, Valparaíso. Ahí  le dirán todo lo relacionado con el proceso de adopción. Si le resulta todo, ojalá nos veamos de nuevo, pero con su chiquitito o chiquitita en brazos. Que le vaya bien”. Se fue, abrió la puerta para que saliéramos.

Busqué la tarjeta y llamé. Me contestó una secretaria y dijo que periódicamente realizaban charlas gratuitas sobre la adopción y que si quería, nos podría anotar de inmediato para una. Le dije que sí. La charla, consistía en dos secciones: una abordando el aspecto social y el otro la parte sicológica y emocional. La fecha de esa charla informativa fue el 10 de junio de 2014 y duró toda una tarde.

Cuando íbamos a la charla, aún no estaba convencida. Tenía muchas dudas y prejuicios sobre el tema. Recuerdo que la charla la hicieron en el auditorio de la Contraloría de Valparaíso y estaba en su máxima capacidad de personas anhelantes de adoptar. Ahí nos explicaron  cada etapa del proceso, que tiene como promedio 2 años de duración.

La primera, es la evaluación social y sicológica. Nosotros, debíamos escoger a un profesional de cada área, de la lista de profesionales externos autorizados con los que trabaja Sename.

Esas evaluaciones son exhaustivas, por ejemplo: en la social, además de contarles nuestra vida en detalles: nuestro estilo de vida,  nos evaluaban el tipo de casa, el pormenor de todos nuestros gastos y visitas con entrevistas a familiares. En la sicológica, ahondaban en nuestra vida, sobretodo nuestra infancia, debimos hacer varios test y realizar autobiografías. Todo eso, duró aproximadamente, 3 meses. Luego de eso,  tanto la asistente social como la sicóloga, debían elaborar un informe donde concluían si nos consideraban aptos o no para seguir el proceso. Ambas evaluaciones las pasamos sin inconvenientes. En seguida, debíamos esperar, un llamado de Sename, diciendo que aprobaban las evaluaciones y que habíamos sido ingresados al registro nacional de postulantes. Eso demoraría unos seis meses. Sin embargo, pasó ese tiempo y no teníamos repuestas. Llamé y nos comunicaron que nosotros no teníamos la primera etapa concluida porque “no habíamos hecho la evaluación sicológica”. Le dije que sí la habíamos hecho, que lo aprobamos y entregué los datos de la sicóloga. Resultó, que no lo hizo porque escuchó un rumor de parte de la asistente social y pensó que nosotros no seguiríamos.  Casi me dio un infarto cuando supe eso. Hice un reclamo formal, pedí explicaciones y tuvimos entrevistas con el jefe de la unidad de adopción. Finalmente, todo se solucionó a nuestro favor. Al ser ingresados a la lista nacional, nos llamaron para tener un par de talleres preadoptivos, que duraban un día entero y era obligación asistir. Mientras tanto, nos solicitaron realizar una carpeta, completísima con nuestros datos. Esto incluía: fotos familiares, cartas de familiares y amigos avalando nuestra decisión de adoptar, informes médicos, certificados educacionales, laborales, autobiografías, entre otras cosas. Recién ahí, comencé a dimensionar todo lo que estábamos haciendo. Recién ahí comencé a palpar de manera concreta, todo lo que nos habían adelantado. Además de nosotros, habían 11 matrimonios más de distintas partes de la 5° región. En esos talleres, hicimos actividades grupales, surgieron preguntas y sobretodo, compartimos experiencias de vida. Nos dieron información para leer, sugerencias de lecturas y hasta de películas. Incluso, una de las cosas que más recalcaron, era que había que hablar de la adopción desde el principio con nuestros hijos y con la familia de manera natural. Nos instaron a que desde ya elaboráramos una especie de álbum, contando la historia de cómo llegaron a nuestras  vidas.

Era la primera vez, que me sentía tan comprendida y conocía  más personas con nuestras mismas penas y sueños. El segundo taller terminó y solo debíamos esperar el llamado final. Y ya estábamos en diciembre de 2016.

A los pocos días del último taller, recibimos un correo electrónico de Sename, indicando que hasta ese momento, a nivel nacional, habían pocos niños susceptibles de adopción, y los que eran, no eran aptos a nuestro perfil. Eso nos entristeció.

Llegó marzo de 2017. Ese mes se cumplía la validez de las evaluaciones y debíamos actualizarlas. Ese mismo mes, comencé a trabajar en un nuevo lugar.

A las dos semanas de comenzar a trabajar, recibo una llamada de Sename, pidiéndonos, una reunión. No quisieron decirme para qué, pero ya lo sabía.

La reunión era el miércoles 22 de marzo de 2017 a las 13:00 hrs.en las oficinas de Sename Valparaíso. En una oficina, estaba la asistente social jefa, que conocíamos desde la charla informativa. También, estaba otra asistente social, pero que no conocíamos. Nos presentaron y nos informaron que había surgido el caso de un niño que al revisar nuestras carpetas, seríamos padres idóneos para él. La asistente social que acabamos de conocer, estaba al tanto de este caso desde su nacimiento y hacía su seguimiento. Comenzó a relatarnos su corta, pero intensa y triste historia. Yo escuchaba anonadada el relato. Mi marido, apretaba mi mano y sollozaba junto conmigo. Cuando terminó de leer su historia y el resumen de su informe social, nos preguntaron si aceptábamos el caso. Fue un Sí claro, fuerte, rotundo. Es más, pedimos ir a buscarlo de inmediato. Eso era imposible. Había que elevar una solicitud judicial para sacarlo. Y lo más probable, que a finales de abril, pudiéramos ir a buscarlo de manera definitiva. Fue entonces que recién nos mostraron fotos de él. Un niño de un año un mes, que no sabía sonreír. A pesar de todo, era lo más hermoso que habíamos visto y no podíamos controlar el llanto. Fue una mañana con una mezcla de mil emociones. Salimos de ahí, con abrazos y felicitaciones de las funcionarias que estaba en ese momento. Y como broche de oro, la asistente social me llamó “mamá”.

De ahí comenzaron las llamadas, contando la tremenda noticia. Quienes se iban enterando, nos felicitaban con llanto de emoción. De vuelta, camino a nuestra casa, nos llama la asistente social, preguntando si podíamos ir a buscar a nuestro hijo el viernes 31 de marzo a las 10:00 hrs, ya que la abogada que trabaja el caso consiguió el permiso judicial para ese día. Quedamos en shock, pero obviamente dijimos que sí. Teníamos solo 9 días, para decidirnos por el nuevo nombre de nuestro hijo, comprarle ropa y acondicionar su dormitorio. Fue una semana de locos. Yo sin experiencia, no sabía qué cosas comprar o qué cosas eran prioridad, así que solo me dediqué a hacer caso a lo que mis familiares y amigas mamás me decían. Cada día que pasaba, me sentía más nerviosa. No podía creer todo lo que estaba pasando. Mi marido estaba igual que yo. El jueves 30 de marzo, fue mi último día de trabajo. Tuve que renunciar. Solo duré un mes.  Porque aún no había firmado contrato y por razones obvias, debía tomarme un tiempo prudente para desarrollar el apego. La noche  de ese día arreglamos todo para el gran evento. Era el día más importante de nuestras vidas. Y como entenderán, no dormimos. A la mañana siguiente, me miré al espejo, y mis ojeras eran imposibles de disimular. No pude tomar desayuno. Revisé que todo estuviera en orden y que no faltara nada en el bolso que llevaría sus cosas. Salimos y me devolví a cerrar con seguro una puerta, cuando siento un tremendo dolor en el pecho que no me dejaba respirar ni moverme. Tuve que sacar ánimo y fuerza para tranquilizarme. Estaba hecha un atado de nervios. Luego de sentirme un poco mejor, nos subimos al auto y partimos rumbo a Sename, Valparaíso. Llegando allá, nos esperaban con un sencillo desayuno. Yo no quería nada, solo quería salir de ahí a buscar a mi hijo. Sin embargo, eso era justamente, para que nos relajáramos un poco y contarnos los trámites que venían. Después de eso, partimos con la asistente social al Hogar de Conin, donde estaba nuestro hijo. Apenas entramos, lo divisé en brazos de una funcionaria. Me adelanté a buscarlo, pero me dijeron que primero debíamos hablar con la directora del centro. En realidad, no recuerdo qué es lo que hablamos con ella, porque solo pensaba en nuestro hijo que afuera nos esperaba. Luego de unos minutos eternos, la puerta se abre e ingresa nuestro hijo. Peinadito, con ropa impecable y con un intenso olor a colonia de niños. Traía una carita triste, asustada y confundida. Lo abracé fuerte y lo llamé por su nuevo nombre, Tomás. Mientras lloraba lo bendije, le dije que lo amaba y lo esperaba hace muchos años. Mi corazón estaba a mil por hora. En eso lo toma mi marido y nuestro bebé lo mira con mucha sorpresa. Le toca su cara, la barba y no deja de mirarlo. Nos dicen que es primera vez que ve a un hombre, porque siempre ha estado en contacto solo con mujeres y por eso le llama la atención. Nos dejaron solos. Ahí, nos abrazamos los tres y dimos gracias al cielo. Jugamos un rato, pero nos miraba con desconfianza. En eso, entran la pediatra, la nutricionista, la fonoaudióloga a ponernos al tanto de su salud y la asistente social, nos informó que la audiencia para solicitar la adopción sería el martes 4 de abril a las 09:00 hrs. Nos comentó en qué consistía, qué debíamos hacer y decir ese día. Le cambiamos pañal y de ropa, le dimos almuerzo. Mientras tanto, la asistente social nos tomaba decenas de fotos. Llegó el momento de despedirnos, lo hicimos de todas las funcionarias que estuvieron con él más de un año. Nos subimos al auto y nuestro hijo, se durmió casi al instante.

Mientras, lo llevaba en mis brazos rumbo a nuestra casa, no dejé de contemplar su cara. Lo acaricié y prometí que haría todo para que fuera un niño sano y feliz. Ese fin de semana, nos visitaron solo la familia cercana. Tomás estaba feliz, porque era la primera vez que concentraba la atención de las personas. Por primera vez, no solo sonreía, sino que reía a carcajadas.

El día de la audiencia, fue intenso. Era la primera vez que mi marido y yo estábamos en una. Antes de ingresar a la sala, nos reunimos con la abogada, su asistente y la asistente social que era la testigo. Ésta última no podía creer el cambio que había tenido Tomás en solo un par de días. Estaba muy emocionada al verlo tan inquieto y alegre. Durante la audiencia dieron a conocer el caso de Tomas, y me emocionó mucho lo que testificó la asistente. La jueza, al conocer los antecedentes, y verlo interactuar con nosotros esa mañana, no le quedó dudas de aceptar nuestra solicitud de adopción. Tomás, se portó muy bien, hasta se despidió de todos en la sala. La misma abogada nos comentaba que era raro que todo el proceso que seguía después de la vinculación con el niño fuera tan rápido. Por lo general, esas audiencias eran después de meses de tener al niño. En nuestro caso, después de conocer a Tomás, a los tres días ya nos habían otorgado la adopción. Lo que sí demoró, fue que llegara la sentencia. Eso llegaba directamente al registro civil de nuestra comuna y con eso, recién podíamos inscribirlo con su nuevo nombre. Eso pasó en junio de 2017. Mientras tanto, mi nueva vida se había vuelto un caos. No lo digo de manera negativa, sino, que lo digo porque el cambio fue drástico y en tan poco tiempo. Cuando las mujeres se embarazan, tienen nueve meses para  asimilar los cambios en su cuerpo y vida. El momento del parto es único. Los pueden amamantar y son testigos de todo su crecimiento. Yo me perdí todo eso. Tomás nunca fue amamantado. Traté de suplir esas carencias y el tiempo perdido lo más rápido posible. Pero eso me pasó la cuenta. Comencé a perder pelo en demasía. Mis manos comenzaron a resecarse a tal punto, que se formaron llagas. Me sangraban y eran dolorosas. De un día para otro me vi con un bebé, del cual no sabía nada y yo no sabía cómo ser buena mamá. Supongo que como a todas les sucede, aprendí en el camino: Ensayo y error. Ahora estoy un poco más relajada. Pero cansada porque Tomás tiene mucha energía. Sin embargo estoy feliz. Todos notan los cambios positivos, lo sano, inteligente, alegre que es, pero lo que más me emociona, se sabe y se nota que es amado.

Es increíble lo sorprendente y contradictoria que puede ser la vida. Porque durante muchos años, sentí desconfianza y hasta temor de no poder amar a un niño completamente ajeno a mí. Pensaba, que si la adopción en Chile aún era un tema desconocido e incomprendido por la mayoría, era por razones poderosas. Pero no, al momento de ver por primera vez a mi hijo y sentirlo, todo eso se fue al olvido. Ahora sí creo en el amor a primera vista. Ahora comprendo, que el amor no se puede clasificar y que en la vida todo tiene sentido, todo es aprendizaje. Que no importa el tiempo ni las circunstancias. Cuando hay amor, todo puede ser.

Marisel Gómez

Mamá de Tomás

Constanza Diaz

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