Testimonio: Me saqué la culpa de una lactancia que no resultó como quería y soy feliz

Tengo 27 años, soy médico general y madre de una hermosa hija de 5 meses.
Durante mi embarazo, cuando me preguntaban si mi parto sería parto normal o cesárea, siempre dije parto normal. Es lo que más quería en el mundo, incluso trataba de convencer a otras embarazadas de mi trabajo que era la mejor opción, por el punto de vista médico, emocional y por su pronta recuperación. Desde las 20 semanas comencé a realizar pilates y desde las 28 semanas hice elíptica 5 veces por semana durante 60 min, todo esto para favorecer y fortalecer los músculos pélvicos para este evento tan esperado. A las 40 semanas justas, rompí bolsa y el líquido amniótico no era trasparente como debía serlo, sino que verdoso. Era meconio (para aclarar dudas el meconio es la caquita del bebé y ya su presencia alerta que las cosas pueden no ser favorables). Me dirigí junto a mi pareja a la clínica, donde mi excelente ginecólogo (demoré mucho en encontrar el indicado) me dio la oportunidad de parto normal, obviamente con monitorización cardiofetal todo el tiempo. Pero no pudo ser así. El registro fetal comenzó a decaer y me realizaron cesárea de urgencia. Gracias a la vida, mi hijita venía en perfectas condiciones y eso obviamente era lo más importante para nosotros.
Ahora empezaba la lactancia materna, que también es lo que siempre deseé, por motivos que ya todas sabemos. A los 5 min de intento de mamar, como el acople no era perfecto, me dieron una pesonera y con aquel instrumento di de mamar por dos meses, pero mi hijita dejó de mamar lo suficiente y dejaba mucha leche en mis mamas, por lo que empecé a extraermela y dársela en mamadera. Estaba asustada con la idea de que mi hija no se estaba alimentando bien y aterrada de que mi producción de leche disminuyera, porque nunca fui de esas madres lecheras a las que se les caía la leche a destajo. Fui a la clínica de lactancia para pedir ayuda, y luego que mi hija mamara durante 30 min contados por reloj sólo había subido 30g, eso quiere decir que succionó 30 ml en media hora!
La matrona me recomendó que continuara dando de mamar, pero que después de cada mamada (que duraban hasta 45 min o más) me extrajera la leche sobrante y se la diera, pues ya bien sabíamos que no estaba sacando lo suficiente y que debía vaciar las mamas, pues esto es estímulo para que se vuelvan a llenar. ¿Se imaginan lo que es dar de mamar 6 o 7 veces al día por 45 minutos, luego extraer la leche sobrante (proceso en el que me demoraba una hora mínimo ya que lo hacía con extractor manual), y finalmente dar esa leche en mamadera? Eso quiere decir que me demoraba por cada alimentación 1 hora y 45 min aproximadamente.
Busqué ayuda en una experta en lactancia, con certificación y cuánto título relacionado a lactancia materna se puedan imaginar. Y luego de la evaluación quedé devastada. Dijo que mi hija tenía frenillo sublingual corto (que debía ser cortado), pero que lo principal era que había problemas de apego y recomendó colecho, coducha y porteo en todo momento, además de lactancia materna. Gracias a Dios mi mamá se encontraba conmigo en ese momento y me hizo aterrizar. Me dijo: ¿Tú crees que a la gordita (que ya tenía 3 meses) le falta apego? Sólo mírala cómo te mira con ternura, cómo sonríe, cómo le gusta jugar y estar contigo. Y claro ¿de qué apego me estaba hablando? Yo sé y siento todo el inmenso amor que ella me tiene, que nos tenemos, desde que abre sus ojitos, hasta que los cierra cada día.
Seré sincera. Finalmente decidí extraerme la leche y dársela en mamadera. Me sentí pésimo, con mucha pena y con una culpa enorme por no seguir dando de mamar. ¿Cómo era posible que fuera tan mala madre para no sacrificar 12 horas del día (6-7 alimentaciones de 1:45 min aprox, cada una) para seguir dando pecho? ¿Cómo tan descriteriada? Pero así yo no estaba disfrutando mi maternidad. Me sentía demasiado esclavizada, era mucho tiempo perdido. Si, así mismo, era tiempo perdido. Porque el día de mañana mi hija no será una niña más segura porque yo gasté  12 horas del día en función de la leche. Me despojé de mis culpas, las metí en el basurero e invertí en un buen sacaleche doble eléctrico para optimizar tiempo y porque ya tenía tendinitis en la mano por el uso del sacaleche manual. Mi producción de leche es entre 400 y 450 ml/día, por lo que complemento la alimentación de mi hija con la san bendita fórmula. Hoy soy una mamá feliz, que da lactancia mixta y que disfruta con su hija, en vez de estar malgastando ese preciado tiempo en todo lo que conté antes. Ahora tengo el tiempo y las ganas de disfrutar a mi gordita, de jugar con ella, de cantarle, de hablarle, de hacerla reír, de comérmela a besos mil veces al día, de sacarla a pasear, de estimularla, de darle todo mi amor. Estoy segura que eso traerá mil beneficios y cientos de frutos más que si hubiese seguido dando de mamar.
Hoy no siento remordimientos. Sé todo el esfuerzo que hice para dar de mamar a mi hija. No renuncié nunca por dolor ni por sangrado de pezones, sino porque el estar esclavizada me estaba quitando tiempo, energía y ganas de dedicación a mi hija.

Decidí dar mi testimonio porque me enoja leer comentarios tales como: “la lactancia materna no se da por suerte, si no por decisión de la madre”. Esto no es tan así y menos si las decisiones no dependen sólo de una, si no además de un pequeño ser en desarrollo. Si hubiese sido MI decisión  mi hija hubiese nacido por parto normal y le daría una perfecta lactancia materna. Pero ella vino a enseñarme dos cosas muy importantes: la primera es el desmedido amor que uno puede tener por otra persona, porque como todas las madres sabemos, no hay amor más grande e incondicional que el amor de una madre a su hijo, y segundo, que no todo es como uno quiere y como lo planea.

Quiero decirles que sean felices como madres, que disfruten a sus hijos. Que si la lactancia materna se les está yendo en collera, que si lo están pasando mal por eso, que si sienten que no pueden, que si sienten frustración y desesperanza, no lo piensen más. Hay otra alternativa. Gracias a la tecnología y a la evolución existe la fórmula. Si la necesiten, úsenla sin culpa. De eso no va a depender la felicidad de sus hijos. Mi hija no será menos feliz y menos segura que la hija de la madre que le da de mamar. Porque el apego no depende de la lactancia materna. El apego depende del amor entregado, del estar para nuestros hijos cuando nos necesiten y darles la seguridad de que no están solos.

Gabriela Saavedra

Constanza Diaz

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