Testimonio: “Fui víctima de violencia obstétrica y sobreviví para contarlo”

Por Carolina Rodriguez Cobo

Al nacer,  mi bebé pesó 4 kilos 390 gramos y midió 56 centímetros. Como dicen las abuelas “una guagua criada”. Con un niño tan grande en la panza  era candidata a la cesárea,  pero el destino dijo parto natural y me deshice de dolor en ese intento. Hice carne eso de la maldición de Dios a  Eva en el Paraíso: parirás a tus hijos con el dolor de tu vientre. Y así fue.

Como no alcancé a comprar el bono PAD de Fonasa (ahì cotizo), ese que te permite “mejorarte” en una clínica  di a luz en un recinto de la red pública de salud: el Hospital San Borja Arriarán.

Como muchas parturientas que tienen su experiencia de parto en un hospital público viví lo que se llama violencia obstétrica: no se me permitió estar con una persona significativa durante las contracciones, no me sometieron a una cesárea siendo que mi guagua era un niño gigante y me dejaron sufrir y morir de dolor, haciendo del momento más importante de mi vida, una larga agonía. Y sin exagerar. Lo que sí debo destacar que la sala donde estuve era moderna, limpia, con equipos de última generación.

Al ingresar de madrugada a la maternidad  luego de haber roto la bolsa fui derivada a la sala de Alto Riesgo,  puesto que al ser el nacimiento de mi primer hijo algo nuevo para mí llegué con la presión alta por la conmoción que me produjo. Creían las matronas del turno que tenía hipertensión y me llenaron el brazo de agujas para inyectarme medicamentos y controlar mi presión. Les dije que jamás tuve hipertensión  y que  por favor vieran mi abultada carpeta de exámenes con muchas ecografías. De hecho me dijeron que jamás supieron de una embarazada con tan completo historial médico.

Mi hijo nació de domingo para lunes, en  fin de semana,  donde escasean los médicos en la maternidad. De hecho,  el anestesista que debía poner la epidural que solicité con insistencia era un joven tipo papi zorrón que más coqueteaba con las técnico paramédicos,  antes  que atender los requerimientos de las parturientas que éramos en ese entonces dos chilenas y diez  extranjeras, en su mayoría haitianas . Yo me sentía foránea.

Punto aparte para el rol que jugaron en mi contención dos estudiantes de Obstetricia de la Universidad de Chile,  Carol y Pauli, presentes en ese turno en la sala de pre parto,  las cuales me ayudaron a soportar las contracciones. Me tomaban de la mano, me ayudaron a respirar de modo de aguantar el dolor final que te dejan éstas y eran el nexo con mi familia que fuera esperaba noticias mías.

En suma, tras 12 horas de trabajo de parto, donde llegué a dilatación 10, mi hijo se resistía a abandonar mi cuerpo y por ser un bebé demasiado grande, di a luz con la ayuda de un enfermero matrón. Ya iniciando el día lunes, a las 00:36 horas, mi hijo salió al mundo y con eso se acabaron mis dolores y me vino una sensación de paz, emoción y vi a mi hermoso. Hicimos apego y de inmediato sentí que desde ese momento, mi vida cambiaba y que ahora todo tendría un cariz distinto.

Tuve una episiotomía de aquellas, alrededor de 20 puntos, pero nada importaba. Mi recuperación fue rápida y ya a las horas de nacido mi hijo  podía caminar sin problemas. Cosa que no puede hacer una mujer sometida a cesárea.

Tras el parto, me llevaron a la sala 3. Después de parir, pedí algo de comer y me dieron una gelatina y un té que devoré,  pues llevaba horas sin probar alimentos sólidos. Ahí estaban dos mamás que tuvieron a su cuarto hijo, otra cuyo bebé estaba en la neo por una insuficiencia cardiaca y dos chicas peruanas que al igual que yo tenían su primer bebé.

Eran todas muy simpáticas e hicimos buenas migas. A ellas les llamaba la atención que yo hubiese ido a parar a un hospital para tener mi guagua. Les conté que no alcancé a comprar el PAD y que no iba a encalillarme firmando cheques para pagar millones en una clínica, por el solo hecho de tener a mi hijo ahí y que si bien en una clínica la hotelería era mejor, la atención profesional no era mala.

Cuando me dieron el alta y al firmar mi egreso, el matrón de turno me dijo: usted es periodista, por favor escriba un reportaje y dé cuenta de las necesidades de insumos que acá tenemos, ya que las autoridades no nos pescan. Yo le dije que así sería. Y acá estoy escribiendo esta columna. Lo que no quiero obviar es la gran lección de humanidad que todos me dieron. Entendí que estoy en una posición privilegiada en la vida, que tengo el apoyo de mi familia y que pese a no estar ligada emocionalmente al padre de mi hijo, él va a ser un niño feliz porque tendrá todas las oportunidades para que así sea, pues para eso tiene una mamá aperrada que luchó incansablemente para traerlo a este mundo.

Constanza Diaz

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