Testimonio: “después de tres hijas, tuve un niño y enloquecí de amor”

Por: Luisa Calderón

Cuando supe que sería un hombre, casi  me da un infarto al miocardio. Ya tenía tres niñas: independientes, autónomas, libres, inteligentes. No quería un niño. Me rehusé a la idea. Rezaba todas las noches para que no fuera un niño. No quería, no,no,no. Los hombres de mi familia son todos mamones, basada en ese antecedente no quería tener uno de esos.

Todas las mamás que tenían un niño, me decían frases como : ” conocerás el verdadero amor”, ” te enamoraras en cuanto lo veas” ‘ será tú compañero’. No creía. En verdad mis hijas, siempre han sido pegadas a mí. Regalonas mías. Entonces pensaba, son puros consuelos para que no me siente mal por esperar un niño. Ni siquiera había pensado en un nombre, seguía creyendo fehacientemente que serias mujer y todo era parte de un error. Ya entrando al tercer trimestre del embarazo, soñé en ponerte Salvador. Busqué el significado: ‘Es un hombre amable, dulce, bueno, simpático, que agrada donde quiera que esté, ya que de él emana un halo de paz y tranquilidad.’ Bueno, me dije. Calza con lo que quiero para un hijo. Tampoco se puede usar diminutivo que era algo que siempre elegía en los nombres. Llegó el día de la cesárea programada, al fin seria mi último parto. Llevaba cinco años seguidos estando embarazada y ya no quería más guerra, para peor. Un niño, que fomeee- pensaba.
Y me lo sacaron. Lo ví, lo olí, lo miré. Estaba lleno de vermix sebáceo, mucho. Tanto así que le costaba respirar. Se lo llevaron de inmediato para limpiarlo. Cuando el papá me lo trajo de vuelta, limpio y llorando, lo puse en mi pecho, dejó de llorar de inmediato. Me miró y me fundí en el sentimiento más verdadero que nunca antes había experimentando. Una conexión que me hacia pensar que lo conocía de antes. Sentimientos únicos. Era cierto, había tenido tres niñas antes, las cuales amo con mi vida. Pero él, él era otra cosa. Era mi hombrecito. Mi pololo, mío,mío. Quería quedarme así con él por siempre. Por primera vez sentía que nunca me separaría de un hombre. Que esta vez era para siempre. Este hombre era mío, sólo mío. Y desde ahí todo fue amor mutuo, mamón a más no poder. Era verdad todo eso que me decían y más. Y no sólo mío, también se derriten sus tres hermanas por él cada vez que balbucea o hace algo nuevo. Ahora tiene nueve meses, no le digo Salvador, nunca le dije. Es mi Salvito, mi Salvii. Y aún sigo rezando, pero rezo todas las noches para que nunca se enamore, ni se vaya de mi lado. Lo quiero cómo se quiere el regalo más preciado.

Constanza Diaz

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