Testimonio: “Colaborar con los niños refugiados me enriqueció el alma”.

Por Pia Quezada

Las imagenes que vemos día a día de Alepo o de otros países en guerra ya no nos asombran, miles de personas  atrapadas en medio de enfrentamientos o tratando de escapar para poder sobrevivir se han convertido en algo casi normal, esta situación no debería dejarnos indiferentes, sobre todo cuando miles de ellos son  niños.

Niños marcados, niños traumados, niños que sufren por haber perdido a sus familiares, por haber dejado sus hogares y la vida que ellos conocían. Muchos iniciaron una travesía por tierra o por mar huyendo del horror de la guerra, buscando refugio, pero durante ese largo viaje  algunos no lo lograron, como el pequeño que murió ahogado en una playa turca cuya imagen recorrió el mundo, yo también lo vi, lloré de pena, de rabia, de impotencia,  porque tengo hijos, porque tengo la suerte de que sean niños felices y sanos.

Muchos refugiados llegaron a la cuidad donde vivo en Alemania, el Estado, las comunas y sus habitantes se organizaron rapidamente para ir en su ayuda. Esta comenzó con la recolección de ropa, alimentos y la busqueda de voluntarios. Me inscribí en mi comuna ,  tenía claro que quería hacer algo por los niños. En uno de los centros de acogida se  creó una sala de juegos a la que los niños  podían asistir dos horas en la mañana y dos horas en la tarde. Ese tiempo era la oportunidad para los pequeños de olvidar a través de juegos y manualidades su precaria situación.

Iba  dos veces a la semana, junto a otros voluntarios, la comunicación era algo muy complicado, pero con señas y dibujos se podía lograr algo, muchos aprendieron alemán  muy rápido,fue maravilloso arrancarles una sonrisa y borrar por un segundo la tristeza y la inseguridad de su ojos, jugar con ellos, aprender de ellos, pequeños valientes que merecen un futuro mejor, al igual que nuestros niños. Muchos de ellos comenzarona ir al colegio, o fueron trasladados a otras  ciudades, como una niña afgana  de siete años que era mi regalona, un día llegó con un  alfiler de gancho y cerró mi blusa porque las mujeres no debían mostrar, me reí  y le traté de explicar que las mujeres se podían vestir como se sintieran cómodas, pero eran palabras mayores que lo entendiera. Después de pintar o de jugar debían ordenar, eso fue muy difícil para  los hombres porque las mujeres hacen ese trabajo,hasta que lo lograron sin problemas. Al principio no se querían sacar las chaquetas o los zapatos, a pesar de que la sala tenía calefacción, después comprendí que era lo único que tenían y lo cuidaban.

Fueron casi tres meses de cooperación, después me embaracé y no pude continuar, pero agradezco cada abrazo , cada regalo hecho por ellos mismos, sobre todo agradezco la oportunidad de haber compartido con niños que me hicieron valorar aún más la vida que tengo y la importancia de estar ahí para otros que los necesitan.

Es por eso que los niños  de Alepo me duelen, todos los niños que no pueden ser niños en cualquier lugar deberían dolernos para que hagamos algo, no sólo mirar para el lado y esperar que otro sea el primero en actuar. No siempres se necesita dinero,algunas veces un poco de tiempo  y cariño  son  suficientes para alguien que está agradecido sólo por el hecho de estar vivo un día más .

 

Pia Quezada Prado

Periodista

Constanza Diaz

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