Redes de apoyo y cómo sobrevivir el ser mujer y madre

Las mujeres  hoy en día podemos hacer más de una cosa a la vez, y para qué andar con cuentos, nos gusta la etiqueta del multitasking y que se nos reconozca que, en ese sentido, somos muy superiores a los hombres. Podemos estar en la oficina, mientras al teléfono escuchando que tu hija te cuenta cómo le fue en el colegio y en el mismo instante contestar un mail y agendar la cita con el doctor; o darle papa a la guagua y en paralelo revisar el celular y almorzar. Quizás si no tuviéramos ese “súper poder”, no nos alcanzarían las horas del día para cumplir –aunque sea medianamente- con todos nuestros roles: mamá, pareja, hija, hermana, amiga, trabajadora, etc. Conocida es la sobre exigencia que la sociedad nos impone, y el esfuerzo, el estrés y el cansancio que ello implica, pero debo decir que gran parte de ese peso, ha sido y es responsabilidad de nosotras mismas.

No sólo por cómo nos boicoteamos entre las propias mujeres: “¿No vas a buscar a tus hijos al colegio? Yo me muero que se vayan en bus, pasan una hora dando vueltas  y no van con cinturón de seguridad”; “¿No fuiste a la reunión de apoderados? Uf, fue súper importante”. Si no porque nosotras mismas no nos permitimos pedir un poco de refuerzo a quienes nos rodean. Y no estoy hablando sólo de ayuda doméstica, sino que de esa que se va conformando con los años y que tiene que ver con las redes de apoyo.

Hay mujeres que tienen madres, padres, suegras, suegros y cuñadas que les van a buscar los niños al jardín, los llevan al dentista o simplemente pasan la tarde con ellos haciendo tareas o tomando un helado, pero también están las que viven lejos de sus familias –físicamente o  no- y que junto a su pareja –y a veces sin ella, por diversos motivos- deben hacerse cargo de… TODO.

Acá es donde hay que aprender a generar redes de apoyo, quizás no hay mamá o papá que pueda aportar, pero sí amigas, vecinas, compañeros de trabajo y un montón de herramientas tecnológicas que hacen la vida más fácil. Pero ojo, no es sencillo, para lograrlo hay que aprender a dejar la culpa de lado, no creerse perfectas y no sólo querer recibir ayuda, si no también aprender a pedirla cuando la necesitamos. No por requerirla nos volvemos flojas, un “cacho” o mala madre. Simplemente significa estar al tanto de nuestras limitaciones. Es normal solicitar ayuda y es normal tenerla.

Por ejemplo, hace años que hago las compras del supermercado por internet. He faltado a las últimas tres reuniones de apoderados; cuando he tenido que viajar –ya sea por placer o trabajo- acudo a mi mamá para que se quede en mi casa (aunque no siempre tiene ganas, pero la “invito” igual); a veces le pido a alguna apoderada del colegio que me traiga a uno de mis niños de un cumpleaños y los fines de semana recurro a mis hijas mayores para que le sirvan la leche a la más chica para yo seguir durmiendo. Y no, no me siento culpable. Me siento bien conmigo misma, sé que soy una buena madre y sé que delegar y buscar ayuda es sano y necesario.

¿La verdad? Hace unos años no lo habría hecho, saldría de la oficina en tres horarios distintos para ir al colegio, andaría como taxista recorriendo las calles para ir a dejar y buscar niños a juntas y cumpleaños, me elegirían presidenta de la directiva en cada reunión de apoderados y así andaría por la vida con la etiqueta de multitarea. Y lo que es peor, sintiendo que nada lo hago al 100%. Aprender a delegar, a soltar, a decir que no y a pedir favores, es maravilloso. Te hace más libre, más feliz y desde luego, mejor mamá. ¿Por qué no pruebas? A lo mejor te llevas una sorpresa.

Por: Claudia Fuentes

 

Constanza Diaz

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