Por qué no corro a ayudar a mis hijos cuando se caen

Por Constanza Díaz

Tengo dos niños de 6 y 5 años. Con el primero fui una mamá muy aprensiva. Demasiado. Cada vez que lloraba, cada vez que se quejaba, cada vez que se caía, corría a tomarlo en brazos. A levantarlo, a recogerlo y a consolarlo. Le transmití mi miedo a que algo malo le pasara. Mi hiper reacción le estaba haciendo mal. Me había convertido sin quererlo en una madre helicóptero y el daño que le estaba causando a mi hijo era grande. Lo estaba convirtiendo en un niño inseguro y temeroso. No se atrevía a hacer nada. Todo lo asustaba. No se quería quedar en el colegio. Fue un año de sufrimiento y de hacer todo el trabajo al revés de lo que habíamos hecho hasta ese entonces. A partir de los cuatro años comencé a tratarlo de diferente manera. Ya no partía corriendo ansiosa y preocupada cada vez que se caía. Ya no estaba todo el día encima de él y él encima mío. Comencé a soltarlo. Lo iba a dejar a la casa de mi hermana por un rato para que aprendiera a compartir con otras personas que no fuera yo y a sentirse seguro en ese nuevo escenario. Cuando íbamos al supermercado lo mandaba a pesar la fruta, a pesar el pan. Lo hacía hablar a él si quería pedir un helado en la tienda. Le comencé a dar labores y responsabilidades y dejé de girar en torno a él como un satélite.

Al cabo de unos seis meses mi niño comenzó a dar señales de ir avanzando. Ya no lloraba con angustia cuando lo dejaba en el colegio aunque feliz no se quedaba. Comenzó a disfrutar las horas en casa de mi hermana y se mostró más sociable con sus compañeros de curso y sus profesoras.

Como madre, mi felicidad era máxima. Porque ver a un niño sufrir y pasarlo mal es horrible. En cambio, cuando ves que tu hijo está bien y tranquilo, te calma y te permite volver a respirar en paz otra vez.

Mi hijo hoy, después de dos años de entrenamiento, es un niño autónomo, feliz, perdió el miedo a intentar cosas nuevas. Ahora se va a casa de compañeros solo, sin mí. Cosa que antes no hubiera hecho jamás. Este verano lo metí a una escuela de verano con su hermano menor y la disfrutó. Incluso, me dijo que quería ir dos semanas más. Yo no lo podía creer. Dos años atrás o incluso un año atrás, esta situación jamás se hubiera dado. Mi hijo nunca se hubiera quedado solo en una escuela de verano adonde no conocía a nadie. Ni a los profesores ni a sus compañeros.

Estoy inmensamente contenta con el cambio. Me gusta que mi niño sea autónoma y no depende de mí para estar él bien. Me gusta que se vaya a casa de sus compañeros y no me extrañe. Me encanta que haya aprenido a pasarlo bien sin mí cerca. Eso me da tranquilidad.

Hoy, cuando cae, le digo que se pare solo. Si llora, le digo que se seque las lágrimas, que la herida va a sanar. Que todos hemos pasado por lo mismo. No me alarmo como lo hacía antes. No lo pongo nervioso como lo hacía antes. Mantengo la calma y le doy toda la seguridad del mundo diciéndole que está bien, que todo estará bien.

No quiero ser una hiper madre. No quiero ser una madre helicóptero. No quiero ser un satélite para mis niños. Creo y estoy convencida que mientas más autonomía tengan es mejor para todos. A diario trabajo en eso, en su seguridad y en su personalidad. Lo refuerzo en positivo y lo aliento a hacer cosas que no se atreve o que le dan miedo. Hace poco aprendió a nadar. Y lo hace muy bien. Se lanza de la parte más honda de la piscina y si bien yo sentí temor de que algo le pasara, me quedé callada y lo miré de lejos. Vigilándolo sin que se diera cuenta. Ahí estaba él, encantado en la piscina. Feliz y seguro en el agua. No saben lo que eso significa para mí. Una tremenda alegría. Antes era muy distinto. Nos queda un largo camino por delante, un trabajo diario. Pero sin duda sé que lo va a lograr.

Yo no corro cuando mis niños se caen y me encanta ser así.

Constanza Diaz

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