No más tareas: este sistema arcaico de enseñanza mata la infancia de nuestros niños

Por Pamela Porter-periodista

Fui tenista. Y me cambió la vida. Era muy tímida en el colegio y el deporte saca esa yegua que uno tiene dentro que desconocía totalmente. Y enfrentas el mundo de otra manera. Más valiente, más fuerte. En mi caso. A raquetazo limpio.
El deporte  crea valores. Promueve una  sana competencia.  Motiva a superarse.  Aumenta la tolerancia a la frustración.  Enseña a ganar con humildad y perder con honor.
Te muestra la amistad verdadera y para siempre.
Te enseña que en el único lugar donde éxito está antes de trabajo es en el diccionario.
Todo lo que no tenía en la sala de clases,  lo vivía en esa cancha. En ese rectángulo naranjo  donde salía lo mejor de mí. Donde era profundamente feliz. Donde la red no era una reja que te impedía salir de un colegio, si no un pase a la libertad.
Cada vez que estaba en la sala de clases me aburría profundamente. Me desesperaba estar tanto tiempo sentada y no podía entender que aprender fuese igual a memorizar. ¿Por qué tenemos que memorizar todo como un robot cosas que en un día más se nos va a haber olvidado? Siento que es mucho mejor aprender en base al juego, a la experiencia, a las vivencias. Eso queda grabado en la memoria y en el corazón.

En el deporte, uno improvisa, inventa, el cerebro va a mil kilómetros por hora. No así en la sala de clases donde muchas veces el cerebro se queda dormido o empieza a divagar y se escapa a mundos imaginarios, planetas desconocidos, porque es mucho más atractivo que estar sentado como momia escuchando a un profesor hablar. Y no tengo nada contra los profesores, al contrario, admiro su trabajo, su vocación, su dedicación. Los admiro porque sé lo difícil que es enseñar y lo mal pagados que son sus sueldos en muchos países. Es injusto porque su labor es tremenda. Es una de las más importantes. Mi crítica va contra el sistema arcaico y aburrido.

Muchas veces estuve a punto de dormirme, o de llorar cuando me hacían recitar las tablas. O de reírme a carcajadas de la ridiculez de tener que formar filas o quedarse todos quietos.
Pero no importaba. A las tres de la tarde salía de esa cárcel  espantosa a mi verdadera vida: el tenis.
El colegio acorta la infancia, la libertad de soñar, de jugar. De imaginar.  Y en el único tiempo cuando puedes llegar a casa a ser niño otra vez, tienes que hacer tareas.  Inútiles y detestadas tareas.
Entre el colegio y el tenis las tareas venían siendo mi última prioridad. Y mis padres fueron lo suficientemente visionarios como para apoyarme. Pero vi morir muchos talentos. Sucumbir ante la presión social de ser bueno en todos los ramos. O de tener que ser abogados, médicos o ingenieros para ser ” exitosos”. Colgar las zapatillas y cambiarlas por una calculadora. Un verdadero poeta trabajando en un banco.
Hoy tengo dos hijos. Gemelos de casi cuatro años. Van al colegio. Y soy la mamá “rara”.
Rara porque soy atea sin embargo los dejo explorar el mundo y buscar creer en lo que mas sentido les haga.
Rara porque no los obligué a vestirse de reno e ir a un musical de fin de año, que no querían ir, porque me pareció que era  una acción digna de denuncia por maltrato.
Rara porque no les doy dulces y me encanta que usen el ipad. El mundo de ellos es un mundo distinto al nuestro. Quitarles el ipad a ellos es limitarlos para siempre. Es como si a nosotros nos hubiesen quitado el computador o a nuestros padres la máquina de escribir.
Rara porque el único ramo que me importa es el de educación física.
Y más rara aun porque no hacen tareas. Nunca.
Están hasta las 2 de la tarde en el colegio. Es suficiente. Necesitan jugar. Necesitan correr. Necesitan hacer deporte. Necesitan aprender.  Si. Aprender.  Aprender a través de la experiencia, de salir a explorar, a mirar las plantas, a buscar caracoles, a correr en la arena descalzos.  Muchos países han comenzado a dejar las tareas de lado. Han escogido no mandar más tareas para la casa a los niños. Estudios científicos han demostrado que las tareas no ayudan en lo absoluto a los niños en su desarrollo cognitivo, de hecho, mientras más jueguen, más van a aprender. Es simple la ecuación. Sé que muchos padres sienten lo mismo que yo pero no se atreven a decirlo porque nadie se atreve a decir en voz fuerte lo que piensa. Nadie se atreve a ir en contra la corriente en el colegio. ¿Qué van a pensar? ¿Qué van a decir los demás? Qué importa lo que piensen. Debemos aprender a alzar la voz y manifestar lo que sentimos si queremos producir cambios. De otra forma, no lo lograremos. A mí no me importa decir en el colegio de mis niños que ellos no van a hacer la tarea que le mandan todos los viernes por la tarde. Jamás. El fin de semana es para descansar, no para hacer tareas.

Yo les digo que se atrevan a decir lo que les molesta y a las invito a enseñar a sus hijos a través del juego y las experiencias personales. No más tareas. Libertad.

Constanza Diaz

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