Niños y vacaciones: una combinación atómica

Por Constanza Díaz

Salir de vacaciones con tus pequeños puede llegar a convertirse en toda una odisea. Olvídate de tumbarte al sol por horas con una  piña colada en la mano, o de salir de noche sin culpas a tomarte un trago con tu marido o con tus amigas. Por supuesto, olvídate de dormir hasta tarde y de lanzarte a la piscina a practicar nado olímpico.
Al salir de veraneo con tus niños tendrás que ir preparada a embetunarte de arena y construir majestuosos castillos a la orilla del mar. Y por sobre todo, preocúpate de llevar medicamentos para bajar la fiebre, para la gripe y para la diarrea.
Aún recuerdo muy bien cuando fuimos de vacaciones a México con mis niños: ellos y yo más mi hermana y su familia. En ese entonces, Tomás, de 1 año y 3 meses y Clemente, de dos años y nueve meses. Si bien el lugar escogido era mágico, rápidamente tuve que poner los pies sobre la tierra cuando mi hijo mayor, al segundo día de nuestra llegada, comenzó a convulsionar a las tres de la mañana y yo pensaba que moría. La experiencia no se la deseo a nadie. Nunca antes había convulsionado. La primera vez que lo hizo fue ahí, en la mitad de la nada misma, en la habitación del hotel que quedaba en la carretera entre Playa del Carmen y Cancún. ¡Oh mi Dios! Mi niño dormía y convulsionaba. Me puse como loca. Lo desperté y, mi hermana, que viajaba con nosotros, llamó por teléfono al doctor del hotel donde nos hospedábamos. A los pocos minutos llegó el médico arriba de un carrito de golf y procedió a examinarlo. Cinco minutos después puso cara de pánico de no-sé-qué-hacer-esto-es-grave y nos recomendó llevarlo al hospital de Cancún. Entonces, en un santiamén, nos enviaron un taxi y figuraba con mi cuñado en piyama- el marido de mi hermana-a las tres de la mañana rumbo a Cancún.

Horrible.
En el trayecto Clemente se reincorporó y comenzó a hablar de aviones. Comprendí que estaba mejor y me relajé un poco.
Permítanme decirles: Ir a un hospital en otro país es una experiencia bastante surrealista. Todo es muy diferente a lo que uno está acostumbrada y comienzas a extrañar profundamente a tu pediatra y a la clínica que queda cerca de tu casa. Nos recibió una enfermera muy amable que parecía sacada del staff de Carrusel. Le tomó la temperatura a mi hijo y le puso un supositorio para bajarle la fiebre. Luego, apareció el doctor que se parecía al profesor Girafales. Le metieron un tubo a mi niño por la nariz para dictaminar qué tipo de virus tenía y luego, al darse cuenta que la fiebre no le bajaba, procedieron a meterlo adentro de una tina con agua tibia. Nunca en Chile había visto que en las urgencias tuvieran tinas para niños pero acá tenían lo cual al principio consideré bastante raro pero después entendí que era la manera más natural y rápida para bajarle la fiebre dado que el medicamento no había funcionado.
Clemente comenzó a llorar cuando lo sumergieron al agua. Al poco rato se calmó. Yo me preguntaba qué diablos hacía en ese hospital de Cancún a las cuatro de la mañana con mi hijo enfermo. ¡Yo quería mi casa! En el box de al lado, un niño asiático de unos siete años estaba echado en la camilla y sus padres lo acompañaban con caras de circunstancia.
No éramos los únicos.
A las siete de la mañana nos dieron de alta y regresamos en el mismo taxi que nos esperó en la puerta de la clínica. En la mitad del camino paramos en una farmacia muy tropical, a comprar los medicamentos recetados.
En el hotel, los turistas europeos ya figuraban levantados, dirigiéndose al restaurante a tomar desayuno. Felices al ritmo de la Salsa que ya empezaba a sonar por los parlantes. Guayabera de palmeras gigantes y rojos como tomate, parecían estar pasándolo realmente estupendo en aquel paraíso tropical.
Los siguientes tres días que duró el virus, Clemente estuvo a punta de diclofenaco para combatir la fiebre y subirle el ánimo porque, una vez que la fiebre desaparece, las energías suben, y viceversa.
No convulsionó más.
De más está decir que no podía meterse al agua ni tampoco estar bajo el potente sol caribeño por lo que debajo de una palapa y tomando mucho líquido, sobrevivió el resto del tiempo que duraron las vacaciones.
Mi hijo menor, Tomás, llegó con fiebre al aeropuerto de Santiago. Mientras hacíamos la fila para pasar por emigración, me di cuenta que tenía muchos granos rojos en su espalda y cuello. ¡Horror! Durante la siguiente semana estuvo con fiebre y diarrea. No quiso comer nada. Al menos, ya estábamos de regreso en Santiago y teníamos a nuestro pediatra cerca. Porque las enfermedades se viven mejor en casa. Qué duda cabe.
Mucha gente viaja con niños pequeños. Incluso guaguas. Y no les pasa absolutamente nada. En Playa del Carmen, sin ir más lejos, estaba lleno de familias con coches y bebés que circulaban contentísimos por el hotel. Nadie se hacía problema alguno.
Si pretendes descansar durante tus vacaciones con niños pequeños, olvídalo. Viajar con niños significa trabajo y atención, sobre todo si hay agua cerca porque bien se sabe, un segundo de descuido puede hacer la diferencia entre la vida y la muerte.
Viajar con niños puede significar ataque de vómitos en la mitad del vuelo o durante tu paseo por Coconut Grove. Cosas impredecibles pueden pasar y debes estar preparada, sin embargo, al final del día, el resultado siempre será positivo. Al fin y al cabo, están de vacaciones, corre una deliciosa brisa oceánica y la piña colada de la tomas en el lobby del hotel cuando tus hijos duermen profundamente en sus cochecitos. El agua de mar es más tibia y ni siquiera la población de medusas te molestan demasiado.
Tu vida ahora es así, caótica y agotadora pero gratamente mejor que antes. Y concluyes que no vas a esperar a que tus hijos cumplan 15 años para volver a veranear. Te armas de valor, compras bloqueador solar por montón, tomas un buen seguro médico, te aperas de un buen par de flotadores y te lanzas a la aventura de veranear con niños.
No te extrañas si a tu regreso a casa, estés tan agotada que pensarás en tomar vacaciones de las vacaciones pero, esta vez, sola.

Constanza Diaz

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