Mi ruta hacia la fertilidad

Existen algunas mujeres que quedan embarazadas con sólo mirarlas, casi. Otras, como yo, tenemos que recorrer un largo y muy tortuoso camino para lograr un embarazo. El camino puede durar años y es muy frustrante porque si hay algo que no depende de una, es eso: quedar embarazada. Hacemos todo lo que se nos dice y escuchamos. Ponemos las piernas para arriba en posición vela después de tener sexo. Y así nos quedamos, no es muy sexy ni glamoroso pero cuando una mujer quiere tener un hijo, hace lo que sea por lograrlo. Créanme. Y ahí estaba yo con las patas para arriba y un cojín en el culo para que los espermios corrieran veloces a encontrarse con un óvulo mío. Pero no pasaba nada. No se fecundaba ningún óvulo y cada mes que pasaba era una frustración inmensa porque yo no quedaba embarazada. En mi entorno todo el mundo tenía guagua. Se había desatado un baby boom total. Me invitaban a baby showers y yo no iba a ninguno porque simplemente no aguantaba la angustia y la tristeza de no lograr un embarazo como todo el mundo. Me encerré en mi casa y mi vida social se redujo a la más mínima expresión porque sentía que me miraban, sentía que me sentían lástima y me llenaban de preguntas. Entonces comenzamos a visitar médicos especialistas en fertilidad y empezaron la batería de exámenes para ambos. Espermiogramas que salían bien. Ecografías que salían normales. Salpingografía que es una radiografía con contraste para investigar las trompas de Falopio y su funcionamiento. También salió bien.  Todos los exámenes salían bien. Me sometí a una laparoscopía exploratoria pensando que podía tener endometriosis. La operación fue sencilla pero el post parto fue horroroso. Me dolía todo el cuerpo. No podía respirar del dolor. Cuando regresé a casa, dado todo el dióxido de carbono que me habían introducido para explorarme. El dolor no me dejaba respirar, no me dejaba estar tranquila. Caminaba de un lado para otro del departamento como león enjaulado. Tomaba una ducha y seguía caminando. No había medicamento para calmarlo. El gas que aún quedaba dando vueltas en mi diafragma me tenía loca.

Nuestra causa de infertilidad era desconocida. Visitamos una chamana que atendía en su casa por allá por donde el diablo perdió el poncho. En la desesperación una hace de todo. Tuvimos que llevarle una muestra de orina de cada uno y mi marido tuvo que empelotarse en una camilla de dudosa higiene para que ella le explorara y masajeara los testículos durante un buen rato mientras yo miraba con una cuota de incredulidad y otra de esperanza en que esta mujer pudiera ayudarnos. Ahora que miro para atrás no sé cómo mi marido aguantó que esta señora le haya sobajeado los cocos tan pacientemente y no haber salido corriendo de ahí. ¿Será amor?

No logramos nada con la chamana de la fertilidad.

Seguíamos sin respuestas y sin embarazo. Entonces comenzamos con la serie de inseminaciones artificiales. La estimulación ovárica de menos a más, las ecografías transvaginales día por medio para revisar cómo iban creciendo los folículos y al final del proceso, mi marido corriendo a la clínica para masturbarse con una película porno de bajo presupuesto y dejar la muestra de espermatozoides que rato después me introducía el médico a mí. A cada inseminación iba ilusionada. Rezaba y juraba que ahora sí, ahora sí resultaba. Al salir de la clínica me sentía embarazada. Googleaba cada síntoma. Que el dolor de pechugas, que el sangramiento de implantación, que las molestias en el útero. Me pasé mil rollos y ninguna de las 6 inseminaciones funcionaron. Me quería morir. Me sentía frustrada, amargada. Sentía que nunca iba a poder ser mamá y ser mamá era lo que más yo quería. Me sentía totalmente infértil.

Me hice terapias con imanes. Me hice reiki. Tomé vitaminas, compré Maca andina. Hice yoga que, dicho sea de paso, me costó un mundo porque no hay nadie en el mundo más tiesa que yo.

Qué no hice en mi ruta hacia la fertilidad. Le recé a todos los santos. Finalmente comenzamos el proceso para hacernos una Fertilización in vitro. Y fue un desastre. Me inyecté religiosamente las hormonas y no pasó nada. Mis folículos no crecieron. No tuve suficiente óvulos para “cosechar”. Casi morí cuando en la ecografía de rigor el doctor pone cara de “esto no está bien”, esa cara que sin decirte algo ya sabes que todo se fue a la mierda. Llegué a mi casa llorando. Fue mi gran amiga Pamela que estaba en las mismas que yo a llorar conmigo y abrazarme. “Estoy cagada” le dije.

Con mi marido decidimos dejar pasar unos meses para intentar otra FIV. Y fue en ese recreo que nos dimos que quedé embarazada naturalmente, sin tratamientos de por medio, de mi hijo mayor: Clemente.

Él llegó cuando quiso. Y no cuando los médicos y sus padres querían. Lo que aprendí: cada instancia de la vida tiene su tiempo y nunca más en mi vida regreso adonde la chamana que analizó nuestra orina y amasó los testículos de mi marido durante treinta minutos seguidos.

Constanza Diaz

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