Hay que ser valiente para pasar por una cesárea

Parir por cesárea no te hace menos mujer. Parir por cesárea no te hace menos madre. Parir por cesárea no te hace, ciertamente, menos hembra.

Parir por cesárea es un acto de amor y de valentía porque hay que ser muy valiente para meterse a un pabellón. Créanme. No es tarea fácil.

Tuve dos cesáreas. Mis niños nacieron a la semana 38 de gestación. Mi marido me anunció sus fecha de nacimiento antes que nadie supera y dijera.  Siempre tuvo y ha tenido ese “don”  para ver más allá de lo algunos podemos ver. No para de impresionarme.

-Va a nacer el 10 de febrero- me dijo con respecto a mi hijo mayor.

-Va a nacer el 4 de julio- me dijo con respecto a mi hijo menor.

Tal cual y como anunció él, nacieron esas fechas.

4 años antes del parto de mi hijo mayor, justo un 10 de febrero había partido de este mundo mi abuelita a quien yo adoraba con el alma y cuatro años después, un 10 de febrero nacía mi primer hijo.

¿Coincidencia? ¿Casualidad?

No lo sé, lo cierto es que yo en mi corazón sentía que este niño era un regalo de ella porque me había tardado tres horribles años en quedar embarazada. Una situación que no se la deseo a nadie.

Fui la tarde del 10 de febrero del año 2010  a control con una panza enorme que apenas me permitía caminar y mi ginecólogo me dice: Hoy nace.

-Pues que nazca- dijimos con mi marido. Esa misma noche me sacarían a mi guagua a través de una cesárea.

Estaba emocionada y muy nerviosa. Tiritaba de pies a cabeza. Por fin vería la carita a mi hijo que tanto había esperado.  Mi niño adorado llegaba finalmente a este plano terrenal.

Me entraron a pabellón en una camilla.  Sentía temor.

Todo era luces, gente que caminaba de un lado para otro, focos, máquinas, medicamentos, enfermeras. Todo era muy frío y por cierto poco acogedor. Quien ha estado en un pabellón quirúrgico sabe de lo que hablo.

De pronto llegó mi médico y también el anestesista que había conocido minutos antes y me había bombardeado de preguntas. Fue como que hubiera llegado el Mesías. Una cara conocida. Al fin. Repito: estaba muy, muy nerviosa. Era una cirugía. Era un quirófano. Recordaba a mi madre que casi se había muerto antes atrás de una hemorragia post cesárea de la que nadie se percató. Estuvo al borde de la muerte y toda la ciudad acudió a donar sangre.

Me pusieron la anestesia raquidia y yo estaba congelada del terror. Comencé a  sentirme muy mal, muy mareada. Todo me daba tremendamente vueltas. Me sentía pésimo.

-Quiero vomitar- dije.

Y apenas terminé la frase me puse a vomitar como en una película de terror. No paraba.

Entró mi marido, me dio la mano. Me sentí reconfortada.  El brazo izquierdo me lo llenaron de vías y medicamentos. Me lo ataron.

De pronto comencé a sentir olor a carne quemada y vi que salía humito de detrás de la cortina verde que te ponen. Me estaban cortando para sacar a mi hijo. Me apretaron la guata, sentí que me faltaba el aire. A los pocos minutos aparece mi pequeño, muy pequeño, arrugado, chiquito, lloraba. Me lo pusieron al pecho y no lloré. Creo que estaba en shock y atemorizada.

¡Me había convertido en madre!

Yo ya era mamá de alguien. Me sentía rarísima. No sabía muy bien cómo asumir este nuevo rol.  ¿Con seriedad? ¿Tenía que llorar? ¿había que llorar?  ¿Tenía que reír? Mi vida había cambiado para siempre en ese minuto y yo sentía que había subido un escalafón como mujer aunque bien sé que tener un hijo no te hace más mujer y aún así  me sentía totalmente especial y diferente. Cansada y nerviosa. Temerosa por tremendo rol que había asumido.

En las películas lloraban pero yo no lloraba yo estaba asustada y me sentía mal. Todos me manipulaban. Se llevaron a mi niño y su padre se fue con él. Lo limpiaron, lo pesaron, lo envolvieron en un pañito. A mí me siguieron manipulando, limpiando, cociendo.  La dignidad y el pudro se pierden.

Al rato, no me acuerdo cuánto, me subieron a mi habitación y en la medida que el efecto de la anestesia se fue desvaneciendo,  Dios mío, qué dolor.

Las matronas me ponían a mi hijo al pecho y yo apenas me podía mover. En realidad, yo NO me podía mover porque el dolor del tajo era horroroso.

Me dijeron que tenía buen acople (no recuerdo si esa fue precisamente la palabra que usaron), pero me dijeron que tenía buena cantidad de leche y que se notaba sería una madre “lechera” o algo así. Me creía la muerte.

No podía tomar bien a mi guagua porque me dolía todo el cuerpo y más. Me decían que no hablara y yo hablaba igual porque es tan difícil no hablar. Mis pies estaban hinchados como una empanada extra grande. Eran realmente vergonzosos. Mi panza post parto era la misma panza pre parto, es decir, no bajaba con nada. Era como si aún mi hijo estuviera ahí adentro pero…..¡él ya no estaba y yo seguían con una guata inmensa! Completamente hinchada. La cara, las manos, los pies. TODO.

Me hacían caminar y para mí caminar era un esfuerzo terrible porque el dolor no lo soportaba. Me pusieron esos apósitos gigantes que parecen toallas higiénicas para elefantas y circulaba con ellos más unos calzones tipo pañales y esa guata monumental. Los pies que no se me deshinchaban. Ir al baño a orinar era un suplicio. Todo era un suplicio. Circulaba con una bata rosada y parecía la ballena Willy. Yo me sentía como la ballena Willy y nadie me liberaba.

Pedía analgésicos para calmar el dolor. Pensé realmente que nunca más en mi vida podría volver a caminar derecha y sin la espalda corvada como una abuelita de 120 años.  Ir al baño a evacuar fue otro tema no menor porque me costó un mundo volver a hacer caca después de la cesárea y sólo lo logré una vez que llegué a casa. Mi marido tuvo que correr a comprarme un enema Fleet porque mis intestinos simplemente no se movían.

Una experiencia terrible.

Con los días el dolor fue cediendo pero la guata post parto creo que aún la tengo. Cuesta que se vaya sobre todo después de una cesárea.

Hay que ser valiente para tener un parto por cesárea. Hay que ser fuerte para recuperarse después de una cesárea y encima cuidar a un bebé recién nacido que depende  de una y una, por cierto, como buena madre primeriza, no sabe nada de guaguas. Bienvenida a la dimensión desconocida.

No debemos mirar en menos a las mujeres que tuvieron a sus hijos por cesárea porque eso es netamente prejuicio y discriminación.

Una cesárea no te convierte en mala madre ni en menos mujer. Al contrario, una cesárea es una cirugía no menor que te deja marcada por el resto de tu vida con esa cicatriz que yo al menos luzco con orgullo porque fue por ahí por donde mis dos niños hermosos llegaron a este mundo.

Constanza Díaz

Periodista

 

 

Constanza Diaz

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