Me convertí en una gorda y no sé cómo salir de aquí

Por Josefina Corvalán

Me pruebo la ropa que solía usar antes de quedar embarazada, nada me queda. Nada me entra. Nada me cabe en este cuerpo gordo que hoy tengo. Me da vergüenza mirarme al espejo. No me reconozco. Mi hijo, León, tiene seis meses, toma pecho exclusivo y aún no logro bajar los 25 kilos que subí cuando estaba embarazada. Pensé que dando pecho los bajaría con facilidad pero la angustia y el hambre me consumen. No puedo parar de comer. Por las noches, luego de dar teta, me viene un hambre feroz y voy a la cocina a comer cualquier cosa. Lo que encuentre. Y así me lleno de pan con queso, papas fritas de tarro, chocolates. Lo que caiga en mis manos, lo que encuentre en el refrigerador. Nada me sacia.

Luego del festín me siento arrepentida y me odio a mí misma por no tener la fuerza de voluntad necesaria para sacar una manzana o hacerme una ensalada de lechugas. Soy tan débil que voy por lo que más me engorda. La culpa no me deja en paz pero aún así no soy capaz de hacer un cambio.

Esta mañana, mientras me vestía, mi marido me quedó mirando y me dijo:

-Estás gorda. Demasiado gorda. Vas a tener que bajar de peso.

Yo estaba escondida en el baño, para que no me viera. Pero me vio porque la pueta estaba semi abierta. No pude mirarlo a la cara porque se me llenaron los ojos de lágrimas. Quise llorar. Quise meterme a la cama y no levantarme nunca más de ahí, Me sentí tan mal, tan menospreciada, tan poca mujer. Quise corer a la cocina y sacar un helado y devorármelo a cucharadas.

Siento que la mujer que existió antes de parir, murió. Murió con la maternidad y ya nada queda de ella. Estoy asistiendo a mi propio funeral. No quiero comprarme ropa. Me da vergüenza y pena. Siento pena por mí y en lo que me he convertido. No es fácil que tu hombre ya no te desee porque te cuelgan las tetas y la guata. Mi culo está gigante. Toda la grasa se va a mis caderas. Ya casi no quepo en el asiento de la micro y es lamentable. Siento que todos me miran. Siento que todos hablan de mí a mis espaldas. Mi suegra, mis cuñadas, mis vecinas. Todas me miran raro. Puedo sentir cómo se ríen de mí, de la gorda que parece ballena. De la gorda de culo grande que no cabe en un asiento y que debe ocupar dos. De la gorda que se zampa un chocolate a media noche porque la ansiedad la consume.

Quisiera hacer deporte, quisiera cambiar mi alimentación, quisiera ir a un especialista pero no tengo tiempo. Entre la casa, el niño y mi trabajo no me queda tiempo ni energías para hacerlo.

Tener relaciones sexuales con mi marido es una tortura. No quiero que me vea desnuda. Apago la luaz e intento que sea todo rápido. No disfruto como disfrutaba antes. El sexo se volvió un trámite y tengo mucho temor que se vaya a buscar a una mujer atractiva que lo deslumbre y no alguien como yo, que me convertí en una jalea sin forma.

No doy más. El otro día una amiga me dijo: cierra la boca si quieres bajar de peso. Para de comer.

Sus palabras me hirieron mucho. Me sentí tan mal. Tan menospreciada. Me siento como un estropajo humano. Uso buzos deportivos de mi marido y sus polerones. Ropa muy holgada que me tape el cuerpo entero. Evito ir a reuniones familiares y pongo la excusa del niño. Estoy encerrada en mi mundo de guatona mórbida. No quiero salir de ahí porque no puedo enfrentar esta realidad que me tiene con el ánimo por el suelo.

No puedo más. Tal vez debería de quererme tal y como estoy: gorda y sin forma. Tal vez debería de ser la gorda feliz. La que es el alma de la fiesta, la que es buena para tirar la talla y la que se ríe con todos y todos se ríen de ella. La guatona buena onda. La guatona sociable. La que invita a todos a la casa a un asado el domingo por la tarde. La que se asume gorda y feliz.  Dicen que hay que aceptarse, pero yo así, como un hipopótamos culón, no puedo acepatarme. Voy a hacer un tremendo esfuerzo para ir a un gimnasio y ya les contaré cómo me va.

 

Constanza Diaz

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