Mamá después de los 40

Natalia Leal tiene 42 años y fue mamá hace poco.  Cuando ya había perdido las esperanzas de tener un hijo, una maana amaneció con náuseas y vómitos: Natalia estaba embarazada después de un largo y tortuoso camino. Esta es su historia.

“Siempre quise ser mamá. Tengo el recuerdo de bien chica imaginando a mi familia, tendría tres hijos y sería mamá joven.

Finalmente mis decisiones me llevaron por caminos bien distintos. Fui primera generación de mi familia que iba a la universidad. Mi casa era humilde, mi papá era obrero y mamá dueña de casa, me demoraba una hora en llegar al pedagógico. Estudié y me fue bien, me fui a Gran Bretaña. Me fui a los 21 años  porque estudiaba pedagogía en inglés y me gané una beca para estudiar allá.  Eso fue un momento de quiebre, se me abrió el mundo: era como la Carmela llegando a la ciudad. Curiosamente quien me arrendó su casa allá era una mujer soltera y cuarentona que había dejado a su novio por infiel y vivía una vida súper plena rodeada de amigos, viajes y una energía única. Ella conoció a su nueva pareja en esa época y quedó embarazada. Tuvo a su hija a los 42.

Regresé a Chile, llegaron mis treinta y no tenía pareja estable, mis amigas y amigos se empezaron a casar y me fui quedando sin compañeras de carrete y viajes. Cada día iba más a matrimonios y bautizos que a carretes. Empecé a ampliar mi círculo, me compré un departamento, volví a la universidad y en eso estaba cuando la vida me pegó un combo: mi vieja tenía cáncer y se iba a morir. Yo tenía 31 y sentí que el mundo se paralizaba.  Fue un año lleno de dolor y mi mamá se fue tan rápido. Mi única hermana vivía fuera de Chile, así que en un momento quedamos mi viejo y yo. Mi papá se enfermó: cáncer otra vez, sin embargo él tuvo más suerte que mi mamá porque se detectó a tiempo y otra vez nos embarcamos en el mundo del cáncer. Así se me pasaron cuatro años, tenía casi 35 y había congelado mi vida en función de quimioterapias, operaciones, biopsias y muerte.  No tenía energía para tener pareja y cada día sentía el reloj biológico soplándome la nuca.

Estando mi viejo de alta, volví a mirarme. Mi hermana volvía a Chile y me convertía en tía. Esa fue la primera vez que enloquecí de amor, me enamoré de mi sobrino y en él canalice  toda esa maternidad que me brotaba a borbotones y que me hacía llorar porque ya tenía 37 años y se alejaba de mí. Ese mismo año me reencontré con un pololo de adolescencia quien es mi pareja hasta hoy.

El haber visto que todos iban teniendo hijos no me era doloroso al principio, porque a los treinta, sientes q aún tienes un tiempo. Hay como una barrera invisible que una visualiza y que cae como a los treinta y nueve. A medida q me acercaba a esa edad mis sentimientos eran más bien de angustia.

Yo tenía todas las fichas puestas en mi  relación de pareja pero él no quería tener hijos. Otra vez me llegaba un combo de parte de la vida. Nos demoramos dos años en decidir intentarlo, yo ya estaba llegando a los 40 y fui a un especialista, en esos dos años tuve largos tratamientos y dos pérdidas. Después de la última pérdida el médico me dice que sólo me quedaba in vitro y que lo mejor era ovodonacion (cosa que yo no quería) En eso estábamos, pensando si valía la pena a los 41 embarcarnos en un tratamiento tan invasivo, caro y que no nos garantizaba nada.

Cuando comencé con los tratamientos me sentía súper sola porque mis amigas no habían tenido que pasar por eso y no lo entendían. Ahí entré en internet y encontré el #infertilpandy, un grupo alrededor del mundo de mujeres de distintas edades, diferentes problemas y que se unían por este tema: el ser mamá y no poder. Ahí muchas veces se hablaba del dolor infértil: ver cómo a todo tu círculo le resulta menos a ti y cómo eso crea una especie de rencor por las q no tienen idea que es pincharse la guata, contar días,  tomar hormonas, ver tu cuerpo desfigurarse y ponerse fofo. Ahí conocí a una chica argentina de 30 quien llevaba 3 in vitros y cuya endometriosis no la dejaba embarazarse. Puteábamos juntas cada embarazo que no nos tocaba y fue un tremendo apoyo.

Yo comencé a despedirme de mi maternidad, de visualizar mi vida hacia el futuro, de aceptar que podía ser feliz con mi vida y sin hijos cuando me empecé a sentir mal, a vomitar en las mañanas y me di cuenta que no me había llegado la regla: en agosto del 2015 me enteré que tenía cinco semanas de embarazo, sin ningún tratamiento, hormona, pinchazo… y en abril del 2016 nació mi sol, mi hijo, la luz de mis días quien me transformó de ‘nulipara’ a ‘primeriza tardía ‘

Siempre tuve terror de las enfermedades  genéticas. Mi mamá se embarazo a esta edad y tuvo a mi hermano que nació con síndrome de down. El nació con los problemas cardiacos típicos del síndrome y falleció. Imagínate la tremenda espada de Damocles sobre mí. Desde el día uno que supe que estaba embarazada tenía el hábito de hablarle por la noche  a mi guagua y pedirle q viniera sanito. Obviamente eso no garantizaba nada pero me daba mucha paz interior. Y a pesar de los buenos resultados de la translucencia nucal y las ecografías el día del parto estaba aterrada. Sólo respire tranquila cuando el neonatólogo me lo pudo al lado y me dijo: ‘sanito, ahora sale muchos besitos. Y me cambió la vida para siempre. Conocí el verdadero amor gracias a mi hijo”.

Constanza Diaz

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