Las visitas no deseadas

Estás de regresa en tu casa con tu guagua recién nacida. La guata colgando, las pechugas con leche, el pelo sucio, el piyama que no te lo sacas y todo lo que ya sabemos implica el aterrizaje forzoso en casa con tu hijo. No has dormido nada y estás un poco irritable. Por no decir: MUY.

Todo el mundo te cae bastante mal y por sobre todo tu marido. Como que lo quieres y no lo quieres. Tus sentimientos fluctúan y cambian cada tres minutos. Y de pronto: timbre. Llegan las visitas a conocer a tu crío. ¡Horror!

Te asomas por la ventana en modo mamá zombie con tu sostén de lactancia que es horroroso y ves al otro lado de la reja a tus suegros, cuñados, tíos y tías. Todo el familión.

¿Quién los invitó?

Ciertamente, tú no los convidaste. Tú no quieres que nadie entre a tu casa, a tu territorio ahí adonde se detuvo el tiempo y el mundo y estás encerrada aprendiendo a ser mamá.

Tu marido corre a abrir la puerta porque prefiere que haya gente en la casa porque no tolera tu mal humor.

Entonces entran todos felices y campantes. Tú con tu piyama, dolor de pechugas, la guagua que llora. Mueres de cansancio. Los recibes, saludas y te desaparecer con la excusa de que tienes que ir a mudar a la guagua. ¿Por qué no regresan en seis meses más por favor? Te dan ganas de decirles pero te muerdes la lengua. Todos quieren tomar a tu hijo en brazo y lo peor: todos quieren darle besos. ¡Besos! Quieres morir. ¿Se lavaron las manos todos esos individuos? Alguien toció. Estás segura que sentiste una tos. ¡Están resfriados! Están esparciendo gérmenes en tu casa. Llevas a tu marido a un rincón y le gritas en su cara:

  • O ellos o yo.

El hombre estupefacto no alcanza a contestar y  aparece ella, doña, la reina madre: la suegra. No hay nada más horroroso para una mujer que tener a una suegra metiche. Esa señora que mete sus narices en todo y opina de toda materia sin que nadie le haya preguntado su opinión. Obvio.
Pero ella siempre ahí, metiendo su cuchara, escuchando tras las puertas, dictando cátedra de cómo criar, cómo cocinar, cómo llevar una casa. Qué comer. En qué colegio matricular s los niños. Cómo vestirlos. Cómo educarlos.
Se cree la dueña de la verdad y lo peor de todo esto, es que el hijo, la pareja de la mujer atormentada, la escucha y le hace caso en todo. Le enciende velas y le hace un altar. Porque es un mamón que no se pone los pantalones y no le raya la cancha a la veterana.
Como si su palabra fuera ley y ella una vaca sagrada intocable y venerada.
Terrible convivir con un personaje de esas características. Y si además te toca vivir con aquella suegra bajo el mismo techo, mejor ve pensando en separarte o de idear un plan para despachar a la señora a otro lugar, porque no hay salud que aguante tal nivel de intromisión cuando una mujer lo único que necesita es su espacio en SU casa y criar a sus propios hijos y no que venga una señora detrás a decir cómo hacer las cosas y desautorizar la poca voz que la madre tiene.
Si es que le queda voz.
Las suegras metiches son insufribles. Y lo peor es que no cambian. Llaman por teléfono a cualquier hora del día o de la noche. Llegan de visita sin avisar. Dejan caer su humanidad en el sillón del living y no la para de ahí nadie. Desde ahí opinan, dan instrucciones, critican y dan a entender que la madre lo está haciendo todo mal. Del terror.
La suegra metiche mete su cuchara en la crianza de los nietos, atribuyéndose un rol de madre que no tiene y nadie se lo ha dado y es capaz de meterse en la relación de pareja de su hijo y en, básicamente, todo. Lamentablemente, la suegra metiche puede llegar a destruir un matrimonio porque básicamente es insostenible en el tiempo mantener una relación triangular con un marido que no es capaz de poner límites y de proteger y defender a su mujer. Al final, eso desgasta y aburre.

Constanza Diaz

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