La tiranía de las benzodiacepinas

Ostentamos el cuarto lugar en el ranking de uso de benzodiacepinas en Latinoamérica, después de Venezuela, Uruguay y Argentina. La más recetada es el clonazepam, cuyo nombre comercial más conocido es Ravotril. Su misión, anestesiar la angustia. Tapar la ansiedad. Los problemas. El estrés. Pero, ¿qué pasa cuando nos volvemos esclavos de estas pastillas? Esta es la historia de las benzodiacepinas y su silenciosa adicción.

 

Ansiedad. Angustia. Estrés. Palabras que se repiten a diario. Una y otra vez. Elevados niveles de tensión que se perciben en cada rincón de la ciudad. Neurosis colectiva. Para cualquier problema, una pastilla. Para dormir, otra. Dejar de sentir. Pareciera que esa fuera la fórmula para sobrevivir en un mundo que, a ratos, da la impresión que está a punto de explotar. Las mujeres, de entre 30 y 40 años, son las que más usan y abusan de los ansiolíticos, en especial, del clonazepam,  cuyo nombre comercial  en nuestro país es Vapax, Ravotril, Clonapam, Crismol o Acepran. Esto se debe a factores hormonales ya que tienen más tendencia a sufrir depresiones y debido, también, a su carga de actividades y responsabilidades en la vida diaria.

 

Alejandra, nombre ficticio, (36) conoció el alprazolam – de nombre comercial Zotran, Adax, Tricalma y Grifoalpram- cuando era adolescente. Su mamá los consumía a diario y ella, esporádicamente. A veces, para dormir. Otras, cuando sentía altos niveles de angustia que no podía controlar. “Entonces, recurría a esta pastillita mágica que me bajaba la ansiedad de forma inmediata. Era como el paraíso. Una sensación fantástica que te queda gustando y quieres volver a repetir.” A los 24 años, luego de titularse de ingeniera comercial, cambió el alprazolam por el clonazepam y en menos de un año, llegó a tomar diez pastillas de 2mg al día.  Demasiadas. Considerando que las dosis regulares van desde 0.5mg como mínimo, hasta 6 mg en situaciones graves, tales como el caso de hospitalización de  pacientes con trastorno bipolar.

“Tú te metes en esto y no te das cuenta cuando ya no puedes parar. Es como una bola de nieve que te agarra y, aunque trates, no logras salir de ahí.  Cuando se me acababa el efecto, me volvía la angustia y ahí tomaba otra y otra pastilla más. Estuve nueve años bajo el efecto del clonzepam. Nueve años de los cuales no recuerdo mucho. Dormía casi todo el día. Fumaba y comía. Realmente tengo un borrón de lo que fue mi vida durante ese tiempo. Estaba adormecida. No era de muchas amigas y las que tenía, no me decían nada. Mi pololo tampoco, Tu entorno también se enferma de cierta manera. Mi pololeo era bastante tormentoso porque peleaba mucho con él debido a mi cambios de ánimo. No podía trabajar porque dormía mucho. No disfrutaba con nada. Mi vida era como la de una planta, totalmente anestesiada. En esa época, recuerdo, falleció mi abuela materna. Yo viví con ella hasta que cumplí quince años. Teníamos una relación muy cercana. Muy cómplice, sin embargo,  cuando murió, ni siquiera fui a su funeral. Se creó un conflicto familiar bastante grande.  Todos estaban indignados conmigo. Pero yo, en vez de llorar, tomé mis pastillas y dormí como una piedra. Tapé la pena que sentí. La tapé tanto que ni siquiera tengo memoria de esos días. No me acuerdo de nada”, confiesa Alejandra, ahora mamá de dos hijos. Uno de cuatro y el otro de un año.

Según relata, cayó en manos de un siquiatra inescrupuloso el cual la proveía de recetas sin medir las consecuencias. Él fue quien la introdujo al mundo del clonazepam, llenándola de pastillas, sin mediar psicoterapia de por medio, sin mediar un buen diagnóstico, un tratamiento supervisado y de tiempo definido. A él fue quien ella consultó por primera vez, cuando salió de la universidad, para tratar síntomas recurrentes de ansiedad. “Hay que tener mucho cuidado con quien uno se trata. Yo caí en pésimas manos, este doctor me tenía totalmente dopada y nunca dimensionó el daño que me había causado”. Pero ella sí se daba cuenta. Y sabía que tenía un problema grave de adicción. Pero no podía salir sola de ahí. Quería, pero no podía.

“Ser adicta a una pastilla es una pesadilla. Te conviertes en su esclava. Dependes de ella para vivir. Giras en torno a ella. Yo estaba siempre estresada, preocupada de que no se me fueran a acabar. Preocupada de conseguirme las recetas. Empezaba el día con dos pastillas. Y así seguía. Me convertí en una loca. Tenía bruscos cambios de ánimo. Estaba irritable, explotaba por todo. Mi vida era un infierno”, confiesa. Fue entonces cuando buscó otro siquiatra para liberarse de esa realidad que la estaba destruyendo.

Apenas visitó al nuevo especialista, el diagnóstico fue lapidario: Alejandra debía internarse inmediatamente en una clínica para desintoxicarse. “Fue horroroso. Pensé que no lo iba a poder tolerar. Sufrí distintos síntomas de abstinencia. Mucha sudoración, angustia, insomnio. Fuertes palpitaciones. Me fueron disminuyendo el clonazepam paulatinamente e introduciendo otros medicamentos que me ayudaban a seguir en pie. Estuve un mes en la clínica. Fue una experiencia terrible pero necesaria”.

Después de la hospitalización, el camino hacia la recuperación continuó con psicoterapia. Todas las semanas. Psicoterapia individual y de grupo. Constantes controles con su médico tratante y mucho fuerza de voluntad para no recaer. El proceso en total duró dos años, hasta que a Alejandra la dieron de alta. Hoy, cuatro años después, añade que su adicción al clonazepam es una enfermedad que la llevará consigo de por vida. “La parte más difícil es ahora, el no volver a recaer. Biológicamente tengo una predisposición a hacer adicciones. De lo que sea. Por eso yo no puedo tomar ni siquiera alcohol. Es una condición con la cual debo vivir día a día y jamás olvidar que la tengo”.

Tapar la angustia

Según Daniel Seijas, siquiatra especialista en adicciones de la Clínica las Condes, el clonazepam no se debería recetar por más de cuatro semanas. Después de ese período, se debe reevaluar al paciente y ver si la patología por la que se está tratando merece disminuir la dosis para luego quitar el medicamento o continuar su uso. Y, por sobre todo, nunca combinarlo con alcohol ni dar recetas repetidas sin un control y tratamiento adecuado porque eso, sin lugar a dudas, crea una dependencia.

La excepción a estos casos, señala, son los pacientes que sufren de crisis de pánico y otros trastornos, como la bipolaridad, que requieren tratamiento a largo plazo con benzodiacepinas pero siempre bajo control y cuidado médico. Además de psicoterapia que es muy  necesaria.

“Todos tenemos angustia. La angustia es parte de nuestra vida. Sin embargo, se trata solamente cuando es patológica e interfiere con la vida del individuo. Cuando no le permite trabajar y genera conflictos interpersonales. A veces, esta angustia se desborda y la persona comienza a utilizar en forma intermitente benzodiacepinas, es decir, cada vez que tiene un problema se toma su pastilla. Matando la angustia, el dolor, la pena y la rabia a través de ansiolíticos. Anestesiándose emocionalmente para no sentir nada. Tengo pacientes que usaban gran cantidad de benzodiacepinas. Hasta 20 por día, lo cual es muchísimo. Una vez que han dejado las pastillas, sienten que han vuelto a la vida.

Daniel Seijas explica que un 4 por ciento de los pacientes presentan dependencia grave y son ellos los que deben internarse para iniciar un riguroso y supervisado tratamiento de desintoxicación. El resto, son adicciones moderadas y tratables de manera ambulatoria bajando paulatinamente las dosis del fármaco y combinándolos con antidepresivos. Hay un grupo de antidepresivos –ISRS inhibidor selectivo de la recaptación de serotonina- que poseen efectos ansiolíticos potentes después de unos meses de uso, por lo que pueden reemplazar a las benzodiacepinas en el manejo de cuadros ansiosos. Estos no crean dependencia pues no producen recompensa inmediata en el organismo. Existen casos de estrés puntuales, tales como la enfermedad de un hijo o la pérdida de un ser querido, en donde su consumo se limita mientras dure la crisis. Por ejemplo, cuando ocurrió el terremoto del 27 de febrero del año 2010, el consumo de ansiolíticos aumentó en un 40 por ciento en Chile y las consultas con los especialistas también.

 

Más más y más

Las benzodiacepinas son psicotrópicos que actúan como supresores del sistema nervioso central y son recetadas, generalmente, para tratar patologías tales como crisis de pánico, trastornos de ansiedad, insomnio y bipolaridad. En dosis más altas, se emplean para tratar algunos casos de epilepsia, espasmos musculares y crisis convulsivas. Actúan sobre un neurotransmisor llamado GABA –ácido gamma aminobutírico- el cual  inhibe la actividad cerebral y regula la ansiedad.  Las benzodiacepinas, al administrarlas, ejercen efectos calmantes en nuestro organismo al aumentar la acción de este neurotransmisor. Al poco tiempo de uso, nuestro cuerpo la reconoce como suya acostumbrándose rápidamente a ella y comienza a pedir más. Una dosis ya no es suficiente. A este fenómeno se le conoce como Tolerancia.  Las benzodiacepinas producen sensación de placer inmediata y comparten un mecanismo de recompensa similar al de algunas drogas adictivas tales como la cocaína. Por eso es que son tan adictivas.

Gonzalo Acuña, médico siquiatra especialista en tratamiento de adicciones del Centro Nevería,  señala que la proporción de abuso de benzodiacepinas entre mujeres y hombres es de 3 a 1. Señala que las benzodiacepinas se clasifican de acuerdo a su uso. Lo común es tomarlas bajo prescripción médica durante un tiempo dado. Explica que es un fármaco útil, necesario y efectivo si se ingiere correctamente y con responsabilidad. Ser adicto dentro de un contexto médico, es imposible, agrega. “Sin embargo, hay mucha gente que traspasa lo dicho por el especialista y, por su cuenta, aumenta las dosis y el tiempo de consumo indicado, Se  automedican y dependen de la pastilla para vivir. Ahí empieza la peregrinación de doctor en doctor buscando recetas, y como en nuestro país no existe un banco único de recetas, o una base de datos, resulta fácil hacerlo. Esto es lo que se denomina abuso o consumo perjudicial, donde la sustancia adquiere un gran protagonismo en la vida de las personas. Si al principio necesitabas una pastilla, al cabo de unos seis meses aproximadamente, vas a necesitar dos y luego tres para producir el efecto tranquilizador y ansiolítico que se buscaba al comienzo. Un paciente que abusa de este fármaco, en poco tiempo comienza a presentar deterioro en su área biológica, sicológica y social. Deterioro en sus actividades laborales, académicas y familiares. Hasta llegar a un punto de no retorno de donde sólo se puede salir con ayuda médica”.

Tal fue el caso de Violeta (21), nombre ficticio. A los 17 años y a escondidas, comenzó a sustraer clonazepam y relajantes musculares del closet de su mamá. Nadie nunca se dio cuenta de este hecho. Pero Violeta estaba rara. Dormía todo el día. Le cambió la mirada. Sufría de fuertes dolores de estómago. Sin motivo alguno, se desmayaba. Le comenzó a fallar la memoria y no se acordaba de nada. Violeta visitaba distintos doctores, por todo Santiago, buscando recetas. Así cuenta su hermana María José, quien fue la primera en la familia en sospechar que algo andaba realmente mal con ella. “Violeta engordó, tenía el cuello rígido, una apariencia extraña. Incluso caminaba diferente. Se le comenzó a caer el pelo. Además, la personalidad le había cambiado. Estaba conflictiva, agresiva. Tenía muchos cambios de ánimo. Un día la encontré a las cuatro de la tarde durmiendo en la cama de mi mamá. Su respiración era muy tenue. Parecía un muerto. Fue en ese momento cuando decidí encararla y preguntarle qué le estaba pasando”, cuenta. Entonces Violeta le dijo la verdad a su hermana y le contó que padecía de una profunda adicción al clonazepam y no sabía qué hacer para salir de ella. Después la tomó de la mano y la condujo hacia el closet de su pieza. Lugar donde nadie podía entrar. Pero María José estaba ahí y Violeta le mostró lo que no le había mostrado a nadie durante tres años: muchas, montones de cajas vacías de benzodiacepinas. Esa misma tarde, María José habló con sus padres y decidieron buscar ayuda. No se podía esperar ni un minuto más. Dos días después, Durante dos semanas, Violeta ingresó a una clínica para desintoxicarse de todas las sustancias que habían circulado por su sangre durante tanto tiempo.

Hace dos meses que a Violeta la dieron de alta. Ahora está en su casa acompañada todo el tiempo por su familia. Jamás la dejan sola. Apoyada con sicoterapia, Violeta está despertando. Volviendo a la vida. “Se perdió su esencia, no es la misma de antes. Algo en ella se quebró”, concluye María José.

 

Caminos alternativos

Depresión- producto de que las benzodiacepinas deprimen el sistema nervioso central- angustia entre una dosis y otra, irritabilidad. Cambios de ánimo. Pérdida de memoria. Estos son algunos de los síntomas que se presentan con el mal uso de las benzodiacepinas. Las dosis del comienzo ya no sirven para palear el motivo por el cual se comenzó a tomar, ya sea estrés, ansiedad o ataques de pánico. Dan ganas de tomar más y más. Así lo explica Mirentxu Busto, psicóloga autora del libro “La tranquila adicción de Santiago” que fue publicado en el año 1991  y que revela alarmantes cifras de consumo de benzodiacepinas en nuestra capital.   “A través de la psicoterapia se puede aprender a reestructurar la vida del paciente, estudiando en qué momento se angustia más. Cómo enfrenta la situación. Los ansiolíticos tapan el problema de fondo. Funcionan como el paracetamol. Te quitan la fiebre pero tienes que ver qué es lo que te causó la fiebre. Es necesario investigar qué hay detrás. Muchas veces te recetan  benzodiacepinas como si fueran vitaminas. Los médicos generales no tienen tiempo para evaluar cada caso que llega al consultorio, entonces las recetan sin un análisis profundo de qué es lo que está sucediendo con esa persona y muchas veces, prescriben más de lo que se necesita”.

Para dejarlas, Mirentxu Busto señala que el momento ideal son  las vacaciones, esto debido a que la gente disminuye drásticamente su nivel de estrés y se da cuenta que no las necesita como pensaba. “Hay técnicas de relajación, de respiración. Incluso para aquellos pacientes que presentan ataques de pánico. Ellos también pueden enfrentarlos sin fármacos si hacen psicoterapia. Es importante hacer deporte, practicar yoga ayuda mucho para buscar el equilibrio emocional. Lo difícil no es dejarlas. Lo difícil es mantenerse sin ellas en el tiempo. No volver a consumirlas, porque cuando se presenta un momento de angustia, lo primero es querer tomarlas nuevamente. Eso es lo que hay que trabajar. Es importante tener la disposición para dejarlas. Querer hacerlo”.

 

Pero no todos quieren. No todos están dispuestos a hacerlo. Tal es el caso de Gabriel, nombre ficticio, (48) quien no sale de su casa sin una tira de alprazolam en su billetera. Para él sería como salir a la calle desnudo.

Se define como un consumidor moderado. No toma más de 3 pastillas de 0.50 mg por día. Sin embargo, si es que debe enfrentarse a una situación que le provoca estrés y angustia, aumenta la dosis. “Cuando sé que tengo que tomar un ascensor. Cuando voy a viajar en carretera. Si tengo una reunión importante. Para dormir también tomo. Nunca duermo sin tomar alprazolam”. Hace años que Gabriel dejó de consultar psiquiatras. Las recetas se las consigue con un tío que es neurólogo. La primera pastilla que Gabriel tomó fue a los 26 años y se lo dio un amigo. “No podía dormir. Estaba desesperado. Pasé varios días así. El insomnio me tenía loco. Hasta que me dieron esta pastillita que resultó ser milagrosa. La tomé durante dos semanas y luego pude volver a conciliar el sueño de manera natural. Cuando cumplí 35 me volvieron estos episodios de insomnio acompañados de frecuentes ataques de pánico. Entonces consulté distintos psiquiatras y todos me recetaron lo mismo: alprazolam de 0.50 mg combinado con un antidepresivo tricíclico.  Los ataques de pánico cedieron y al cabo de un año, mi médico tratante me indicó que dejara el antidepresivo y seguí sólo con el  alprazolam”. Desde entonces que lo toma de manera ininterrumpida.

Pero el costo ha sido alto: Gabriel no puede tener un trabajo normal, con horarios. Eso, porque no logra levantarse temprano. Duerme hasta mediodía. Comienza a funcionar a las dos de la tarde. Haciendo grandes esfuerzos para salir de la cama. La primera pastilla la toma alrededor de las cinco de la mañana cuando despierta sobresaltado, con angustia. Deprimido. Y esa misma depresión es la que, a veces, lo deja tumbado en su cama. Durante días.  Trabaja desde su casa diseñando páginas web. A veces, simplemente, no hace nada. Pasa semanas así. Sin trabajo. Sin energía para salir adelante. Entonces, duerme mucho. Y cuando despierta, toma otro alprazolam para seguir durmiendo y no sentir. Vive con su madre en un departamento en Vitacura. Confiesa que ha preferido alejarse de sus amigos. “Ellos son exitosos, ya vienen de vuelta. Tienen todo lo que yo no tengo: mujer, hijos, autos. Una casa. Yo no tengo nada. Vivo estresado, nervioso y con angustia. No quiero que me vean así. Fracasado. Enfermo. Tampoco tengo polola porque es difícil que alguien me aguante con este nivel de angustia. Prefiero estar solo”.

Sabe que tiene que hacer algo para mejorarse, pero no tiene las ganas y está aburrido de peregrinar de psiquiatra en psiquiatra. Los conoce a casi todos y se reconoce incapaz de seguir los tratamientos que le indican.   “Mi mejor momento, fue cuando hice yoga hace cinco años atrás. Iba todos los días y realmente estaba de muy buen ánimo, bastante estable. Te podría decir que feliz. El yoga me alegraba el alma, pero lo dejé cuando me casé. Fue una mala decisión pero en ese momento prioricé el llegar temprano a mi casa para estar con mi mujer”. Gabriel se lamenta, pero no tiene la fuerza para sacar su mat y volver a practicar yoga. Hace un año que su mujer lo dejó. No alcanzaron a tener hijos. Es un tema pendiente. Porque él quisiera ser papá y volver a estar con ella, pero las constantes peleas, sus abruptos cambios de ánimo e irritabilidad, la depresión de la cual no es capaz de salir y su falta de un trabajo estable, hicieron que la relación colapsara.

“Lo único que me hace sentir bien, es el alprazolam. No quiero dejarlo porque mi vida antes era un infierno. Estaba lleno de fobias, angustia y ataques de pánico. Prefiero vivir así”.

 

Qué dice la autoridad

El consumo de benzodiacepinas en Chile ha aumentado drásticamente. Según un estudio ejecutado por el Consejo nacional para el control de estupefacientes (CONACE) y realizado el segundo semestres del año 2010 a pacientes ingresados a urgencia de un hospital público de Santiago,  de un total de 575 personas con un promedio de edad de 35.9 años, 20.9 por ciento de ellas arrojó positivo para benzodiacepinas. Las cifras mostraron una diferencia significativa entre hombres y mujeres: 17.6 por ciento en los primeros y 27.2 para las segundas. Este mismo estudio fue realizado en el año 2001 y las diferencias son abismantes. El porcentaje de uso de benzodiacepinas subió de un 10.6 por ciento a un 20.9. Prácticamente el doble. Este aumento fue especialmente marcado en los grupos de jóvenes de entre 19 y 24 años de edad. Las otras dos sustancias que mayor porcentaje de resultados positivos dieron, fueron el alcohol y la cocaína.

En el año 1995 el Ministerio de Salud decretó que los psicotrópicos debían venderse sólo con receta retenida.  Esta receta, con formato similar a la receta simple, debe tener impreso el nombre del médico tratante, su dirección, teléfono, RUT  y Registro del Colegio Médico. Con respecto al paciente, la receta debe de llevar su nombre, RUT, edad y dirección. La receta tiene una duración de un mes y después de ese tiempo, ya no puede ser despachada.

De acuerdo a lo que explica el doctor Alfredo Pemjean, jefe del departamento de salud mental del MINSAL, las recetas retenidas son el máximo control existente para este tipo de fármacos, el cual se cumple correctamente por parte de laboratorios y farmacias. “También existe fiscalización a laboratorios e importadores por el Instituto de Salud Pública, a las farmacias por las Seremi, y al cuerpo médico que prescribe. “Sin atribuciones sancionatorias, si no sólo de advertencia y denuncia. Sin embargo, con respecto a las benzodiacepinas, la autoridad de salud ha dedicado la mayor parte de sus recursos y capacidades al control de otras sustancias de abuso que son más dañinas para la población, tales como el alcohol y las drogas ilícitas. Con respecto a las benzodiacepinas, se ha mantenido una activa supervisión de las regulaciones ya existentes”, concluye.
Cuándo preocuparse

Hay señales claras que indican que se está frente a una adicción peligrosa a las benzodiacepinas. Las más importantes son las siguientes:

Cuando se genera una necesidad de aumentar las dosis de manera permanente para obtener el efecto deseado.

Cuando el paciente comienza a automedicarse sin consultar a un profesional idóneo consumiendo cada vez más cantidades.

Constanza Diaz

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