La talibana corriente de la lactancia materna

Por: Constanza Díaz Hauser

Situación: Estás embarazada. Te sientes plena, completa. Te sientes hembra. Los hormonas femeninas te brotan hasta por los poros. Llevas tu panza con orgullo.
Eres meticulosa y te gusta la perfección. Te alimentas sanamente.  A veces te das unos gustitos porque te vienen unos antojos descontrolados de comer ciertas cosas, como hamburguesas o sandía. A mí me dio por comer sandía con mi hijo menor. Por suerte era verano.

Te metes de cabeza a Google. Eres una madre primeriza y quieres saber TODO lo que concierne a tu bebé. Ves cómo crece y se desarrolla tu hijo semana a semana. Les compras algunas cositas, de a poco, a medida que se acerca la fecha de parto y por supuesto, investigas todo  lo que respecta a lactancia materna. Porque SABES que TU leche es lo mejor para tu hijo: contiene nutrientes importantísimos para tu hijo, Lo ayuda a su digestión y fortalece su sistema inmune de una manera óptima, entre otras cosas. Lo has leído, lo sabes y quieres dar pecho porque es lo MEJOR.
Te documentas. El sitio web de La liga de la leche se convierte en tu página preferida. La que más visitas durante los meses de gestación.

Finalmente, después de semanas de espera, llega tu hijo a este mundo. Te emocionas, no lo puedes creer. Ríes, lloras, te sientes débil y empoderada a la vez.  Lo recibes con el corazón lleno de amor, nerviosa, cansada y adolorida.  Es una sensación que jamás habías vivido y que cuesta poner en palabras. Eres madres. Tú eres madre.

Te lo ponen al pecho. Lloras.
Quieres alimentarlo sólo con TU leche. Sabes que es lo mejor para él. Sabes que no hay nada mejor. Lo abrazas, lo miras, investigas sus deditos. Los cuentas uno por uno. Miras sus orejitas, su cuello, su boca. Igual a la tuya. Lo hueles. Qué rico huele.
La matrona te enseña técnicas para darle pecho. Te esfuerzas por lograr un acople perfecto. Te cuesta, pero intentas y sigues intentanto. No pensaste que sería tan difícil.
Recuerdas todo lo que aprendiste sobre lactancia materna. Y de pronto comienza a dolerte un pezón. Después el otro. Pasan los días y el dolor no cede. Es más, el dolor se multiplica. Se triplica. Lloras tú. Llora tu hijo. Lloran todos.
Llegas a tu casa con tu guagua recién nacida.  Estás sola. Te duele todo el cuerpo. Y si tuviste a tu hijo por cesárea: no puedes ni siquiera caminar erguida. El dolor es bastante intenso. Sólo quieres meterte a tu cama, tomar un té y descansar. Pero no. No se puede. Hay un niño que cuidar. Todo es nuevo. Todo es diferente.

La guagua tiene hambre y tú estás con los pechos sangrando. Porque sí, sangran a veces.  Te frotas los pezones con tu propia leche porque escuchaste que eso sana las grietas. Te pasas un algodón con manzanilla. Tomas tres litros de agua con hinojo al día.  Aprietas los dientes y aguantas el dolor mientras te colocas a tu hijo al pezón.Comes avena, tomas agua de avena. Comes semillas de chia, semillas de linaza. Haces TODO por lograr una lactancia materna exitosa. Consultas a gente especialista para que te ayude. Todos a tu alrededor te dicen que tu leche es lo mejor para tu crío y tú ya lo sabes. No necesitas que te lo digan 500 veces al día.

Lo sabes.

Pero el dolor no lo toleras. Sufres cada vez que tu hijo tiene que amamantar. Sientes que queda con hambre. Llora. El niño llora y tú sientes el fracaso. Sufres con anticipación y te sientes una horrorosa madre. Una madre fracasada.

Tu hijo sigue llorando y al parecer lo está pasando pésimo. Y tú también.
La situación es crítica. Tu marido te dice que le des leche de fórmula. Tú le dices que no. Que eso jamás. Es tanto lo que te preparaste, tanto lo que leíste, tanta la información que tienes. No quieres fallarle a tu hijo.

Tu guagua llora y lo paseas de un extremo de la habitación al otro durante dos horas seguidas hasta que consideras la idea de correr a comprar una mamadera y un tarrito de leche de fórmula. Inmediatamente, tu marido sale a 120 kilómetros a comprar leche de vaca.
Te sientes traicionando todos tus principios, pero no hay opción. La guagua  tiene que alimentarse y tú ya no das más.

Preparas la mamadera con culpa y tu guagua, que pensabas que la iba a rechazar, la succiona íntegra. Con entusiasmo y, se podría decir, felicidad. No deja ni una gota. Luego, cae dormido.
A partir de ese momento, no puede faltar en tu casa un tarro de leche.  Te sientes la peor madre del mundo y por otro lado, sientes un alivio tremendo que te da vergüenza confesar.
Te compras un saca leche eléctrico porque es mejor que el manual. Y comienzas todos los días a sacarte leche porque no puedes poner a tu guagua al pecho ya que el dolor es insoportable. Compras una pezonera, intentas darle pecho con ella.

Comienza la lactancia materna mixta. Entre la leche de la farmacia de la esquina y tu propia leche. Porque de todas formas te esfuerzas para que tome aunque sea una gota, de tu propia leche. La cual tú sabes, vale oro.

No te sientas culpable. Nadie te va a crucificar. El apego no pasa por un par de tetas, pasa por el amor que le des a tu pequeño. Hay una tremenda concientización sobre la leche materna y sus beneficios. Desde la OMS hasta el consultorio. En el hospital adonde fuiste a parir. TODOS promueven la lactancia materna a un nivel que, tal vez sin quererlo, te hacen sentir una horrorosa madre por no poder cumplir, por no poder darle de tu leche a tu guagua como quisieras.
Cada madre hace lo que mejor puede. Cada una da lo mejor de sí.
Hay niños que son adoptados, y que jamás tomaron leche materna. Y son niños sanos, adultos normales. Sin trastornos de ningún tipo. Niños queridos y adorados por su familia y sus cercanos.
Aterricemos los píes en la tierra. Muchos de nosotros crecimos, en nuestra primera infancia, tomando leche de vaca. Y acá estamos. Sin alergias, sin traumas de ningún tipo.
Acá estamos, y acá seguimos. Intentando dar lo mejor de nosotras. Por favor, ayudémonos con lo que tenemos a nuestro alcance y dejemos de sufrir. Y sobre todo, de juzgar. Sabemos muy bien que la leche materna es lo mejor para nuestros niños pero hay mujeres que no lograron la lactancia que querían y eso NO las convierte en malas madres.

Constanza Díaz

Constanza Diaz

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