La llegada de los hijos y el matrimonio

Por Constanza Díaz

Los hijos revolucionan la vida de cualquier ser humano y, también, la vida de las parejas. Si antes, sin niños, era complicado sobrellevar un matrimonio por las diferencias lógicas que existen entre cada persona, imagínese después.

No. Si no lo ha vivido, no lo puede imaginar.

La guagua nace. Llegan a la casa con él. No saben ni cómo cambiar un pañal. La guagua llora.  Tiene cólicos. Los padres se estresan. Y mucho. El padre, que no sabe cómo ayudar, decide ver las noticias para relajarse. La mujer le pide a gritos que ayude. El marido le dice que él no tiene tetas para dar leche. Y sigue viendo la tele.

¡No tiene tetas!

-¡Yo no tengo tetas, dale leche para que se calle!- créanlo o no, hay hombres que le gritan eso a la mujer.

Las noches son del terror: la guagua despierta a cada rato. La madre no duerme nada y el padre ronca a su lado. Porque como él no tiene tetas, no puede colaborar.
A la mañana siguiente, el marido se va temprano a trabajar. Feliz porque puede salir al mundo exterior.

Regresa a las siete de la tarde cansado. Y la mujer lo espera en basta de levantarse, porque aún no ha podido ducharse, y le entrega a la guagua.

El padre sólo quiere tenderse en el sillón, abrir una cerveza, ver la tele y dormir. Pero la mujer lo obliga a cuidar al hijo. Porque ella lo cuidó todo el día. Y ahora necesita comer, ir al baño, ver Facebook, leer noticias, mirar el techo. Lo que sea pero que no sea cuidar guagua.

El padre quiere ir a jugar fútbol con sus amigos, como lo hacía todos los miércoles después del trabajo. La mujer le pregunta si está loco.
Sexo. Le piden sexo. Su marido quiere volver a tener sexo con usted. Lo mira con odio. ¿Cómo se te ocurre? Le dice que está aún en cuarentena. Pero la guagua ya va a cumplir cuatro meses.
Para que un matrimonio sobreviva después de la llegada de un hijo, consiga, por favor, ayuda. Una buena red de apoyo. Y delegue lo más que pueda.

Los niños crecen y los problemas cambian.
Los padres, que han tenido educaciones diferentes, quieren educar a su manera al hijo y les resulta difícil llegar a consenso.

Desde lo que le van a dar al niño para comer hasta la hora en que se va a ir a dormir. Pasando por la decisión del colegio adónde lo van a matricular y el lugar para ir a veranear. Es complicado llegar a consenso.
El hijo se da cuenta que papá siempre le dice que sí a todo. En cambio, mamá es la que pone los límites. Y el niño, que de tonto no tiene nada, corre adonde papá para pedirle permiso para salir a andar en bicicleta y comer una galleta de chocolate.

A mamá se le paran los pelos y se in-dig-na.

Camina en dirección al marido y le dice, roja de rabia, que siempre le lleva la contra. Que la desautoriza frente a los hijos. El marido le dice que se calme. Que parece loca. ¡Loca!

Ejemplos hay muchos, lo concreto es que sobrevivir a un matrimonio con hijos es complicado, pero se puede.

Con mucha paciencia, tolerancia y actitud del tipo zen, usted puede. ¡Vamos que se puede! Uno de los dos tiene que ceder. Uno de los dos va a tener que agachar el  moño para que el tema no se transforme en batalla campal.

Mire a sus suegros. Esos viejitos tiernos de casi ochenta años cada uno que, luego de criar cuatro hijos, siguen juntos y en píe. Enamorados. Caminan, incluso, de la mano. ¿Lo puede creer?

Dicen que el amor se cultiva. Cultive usted el amor con su marido. Si aún lo ama, obvio.

Porque, lamento comunicarle que hay gente que llega a un punto de no retorno. Cuando el amor se acaba, colapsa. Se muere. Chao. Se fue no más. Y despierta en la mitad de la noche y mira a su marido roncando feliz y el primer instinto que le viene a la mente es el de tirarlo bajo la cama y que duerma ahí, como un perro. Al costado y sobre la alfombra. Y es que…..¡ya no lo soporta!

Años lleva tolerando ese matrimonio infernal. Lo tolera por los niños. Porque, qué pena es que crezcan con padres separados.

Usted, por supuesto, no quiere que sus tesoros más preciados de su vida, sufran. Es lo último que quiere. Entonces, sufre usted.

Consejo dos: no se inmole por los niños. No haga tal. Si ya se le murió el amor y no soporta ni la respiración del hombre que alguna vez amó con devoción, sepárese lo más rápido que pueda.

La vida pasa demasiado de prisa como para estar pasándolo mal gratuitamente junto a alguien que usted ya no quiere.

Viva su vida. Disfrute su vida. Y lo más importante: no haga pasar a sus niños la experiencia de vivir con un matrimonio fracasado. Con padres que no se soportan. Que no se quieren. Porque, por mucho que disimulen, tarde o temprano se van a dar cuenta. Y cuando crezcan, le van a preguntar por qué no se separó antes. Le prometo que le van a preguntar.

El matrimonio es románticamente lindo. La gente se casa tan ilusionada y tan tontamente joven y, sobre todo, se casan sin tener idea en lo que se están metiendo.
A ver: firmar un contrato indisoluble para estar toda la vida con alguien.

TODA LA VIDA

Por la cresta, supongamos que se casó a los 22 años. ¡Es mucho! ¿A quién se le ocurrió que el matrimonio durara toda la vida?
En sus horas de insomnio, piensa en la idea de un matrimonio con contrato a corto plazo y renovable, si es que las dos partes así lo quieren. Piensa en mandar su idea al parlamento y le parece lo más brillante que se la ha ocurrido en los últimos veinte años de su vida.

Súmele el tema niños. Por favor, si usted sobrevive a esa relación, permítame preguntarle con qué fármaco se medica.
Y si no se médica y aún así es feliz en su matrimonio, permítame felicitarle.

Si usted tomó la decisión de separarse y aperra sola con sus hijos y además se atreve a dejar al individuo en cuestión es una ¡Ídola! De verdad, son pocas las que se atreven a priorizar su felicidad antes del bien material que el hombre les otorga. Y aguantan y aguantan infidelidades y malos tratos, desprecios y agravios con tal de no dejar el lugar común adonde está más que acostumbrada.

Mal hecho. Muy mal hecho. Los niños finalmente lo resienten más que usted que circulará con una cara de amargada por el resto de su vida.

Consejo número tres: si ya intentó e intentó y la cosa no funciona. Si lo está pasando pésimo y aún le quedan por lo menos, cuarenta años más de vida. Por ejemplo, si vive hasta los ochenta años, cosa bastante posible ya que las esperanzas de vida actuales son inmensas. Por favor, no sea  sepárese. ¿O quiere continuar con esa misma dinámica cuarenta años más?
La vida es muy corta para pasarlo mal gratuitamente. Los niños van a crecer se van a ir de la casa y ahí quedará usted vieja y sola con ese hombre que no tolera.
Por último, si usted es de las que aman a su marido con todos sus defectos y virtudes. Si aún cree en lo lindo del matrimonio y mejor aún, lo vive y experimente a diario, felicitaciones, ha pasado uno de las pruebas más grandes que pone la vida: matrimonio y la crianza de los hijos. Una bonita pero complicada combinación.

Constanza Diaz

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