La aventura de lactar en Tándem

De joven siempre creí que cuando fuese madre a mis hijos los alimentaría con tetero porque era lo que veía en mi entorno, en la televisión y era el accesorio de todas mis muñecas, pero eso cambió cuando quedé embarazada de Maximiliano, mi primer hijo.

Cuando Max llegó a mi vida fue en un momento bastante tormentoso -ese puede ser otro capítulo de la historia- por lo que comencé a hacer terapias, cursos y todo lo que nos ayudara a estar bien a los dos. Por recomendación de una amiga llegué a Comienzos Mágicos, un centro de educación prenatal, lugar donde conocí la Lactancia Materna Exclusiva y todo su mundo.

En ese momento solo importaba nuestro bienestar por eso decidí que lo mejor sería lactar a Max de forma exclusiva y así fue, mi preparación fue tan intensa que decidí no tener teteros ni comprarle leche de fórmula, era teta lo que tomaría y fue lo que tomó.

Al mes de su nacimiento introduje los papeles del divorcio, pero dos meses después en un acto de fe y de amor, creí que su papá y yo podíamos tener ese hogar que yo tanto deseaba pese a la inviabilidad demostrada del caso. Caí, creí y cedí ante una situación que dos meses más tarde me hizo rogarle a Dios de rodillas no estar embarazada, pero no hubo rezo que valiera.

Maximiliano tenía 4 meses de vida mientras que Gardenia comenzaba a formarse en mi vientre. Era el momento de volver a documentarme y romper los mitos generacionales sobre amamantar durante el embarazo, con asistencia de mis médicos y de la pediatra seguí dándole pecho a Max.

Al principio fue normal, no sentía mayor diferencia, mi panza aún era pequeña y no estaba tan cansada porque mi bebé era un “niño modelo” que dormía casi toda la noche, tomaba siestas largas en el día, de verdad yo no tenía queja alguna.

Pero pasaron los meses, mis hormonas se fueron alborotando y dar pecho ya era más sacrificado; me dolían los pezones, la espalda, y sentía como halones en el vientre. Todos me decían que le quitara la teta, pero yo lo veía tan pequeño y apegado que no quería romper el vínculo de forma forzada.

Próxima a dar a luz me señalaban, decían -personas que no representaban nada en mi vida- que no produciría calostro “que yo no pensaba en mi hija”, pero fueron comentarios que siempre ignoré. El día del nacimiento de Gardenia le di pecho a Maximiliano antes de entrar a quirófano, esa fue la primera noche que dormimos separados.

La naturaleza es muy sabia, mi mamá siempre lo dice, porque cuando Gardenia nació dejé de producir leche para producir calostro, mis pezones dejaron de doler y la amamanté sin problema.

En la mañana llegó Max y fue esa mañana del 5 de julio del 2016 cuando comencé a dar lactancia en támden. La izquierda era de Maximiliano y la derecha de Gardenia -quien también tuvo seis meses de LME-, fue maravilloso ver cómo ellos se vinculaban entre sí y a su vez conmigo.

Pero no fue fácil, me dolía mucho la espalda, me cansaba y deseaba haberles dado tetero, sin embargo, fue un reto que asumí por ellos, sabía que yo iba a casi desaparecer, pero fomentar la relación entre hermanos era vital para mí y la Lactancia en Támden fue de gran ayuda.

Hoy Max está próximo a cumplir 3 años y Gardenia 2, aún los amamanto y aunque siempre digo que por qué no les di tetero, sin duda es una decisión que volvería a tomar. Hoy son niños sanos, felices e independientes. Aman tomar pecho, pero el día que yo no estoy sobreviven sin problema alguno. Así que, si me estás leyendo, no hagas dramas, y atrévete y es lo que deseas hacer, es una aventura de la cual seguro no te arrepientes.

Esto es parte de nuestra historia como #Los3 si quieres saber más puedes leerme en @mamásindramas

Eunice Medrano Gamero

Constanza Diaz

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