Hipermesis gravídica y la tortura de mi embarazo extremo

Siempre quise ser mamá.

Desde antes que nos casarsmos con mi marido que las personas nos decían “no tengan hijos tan pronto… aprovechen de viajar” o “disfruten antes de tener hijos”.

Los dos tomamos en cuenta esos consejos y decidimos esperar dos años para intentar. Todo eso duró hasta un mes después de casarnos, y de hablar casi todos los días de las ganas que teníamos de ser papás.

Así, logramos aguantarnos seis meses después del matrimonio, y quedé embarazada. Ese día, ese test positivo, fue lo más increíble.

Dentro de mi habia una vida formándose y creciendo.  El solo pensamiento me parecía milagroso.

Con mi marido estibamos absolutamente felices. Era lo que buscábamos, un bebé anhelado por los dos.

Hasta que llegó la sexta semana de embarazo. Esa mañana vomité por primera vez, y dije “es normal”. Fui a trabajar, hice todo normal, aunque sentía muchas náuseas.

Al otro día, mis náuseas ya eran más fuertes. Muy fuertes. Y desde ese día nunca más cesaron. Hasta el día que tuve a mi hijo.

No era normal. Pasaban las semanas y yo no podía mantener comida en el estómago. Nada de comida. Me miraba al espejo y me veía cada día más delgada, más pálida, más débil. Mi pelo se comenzó a caer. Y yo a decaer. Es que ningún sorbo de agua, simple agua, podía aguantar sin vomitar.

Y era sin parar. Vomitaba, cinco, diez, veinte, treinta veces. Ya no podía más. Y los demás me decían “es normal”.

Pero es ahí cuando la intuición se activa. Esto que me estaba pasando no era normal. Yo decía que no era normal, pero me insistían que sí.

Así que decidí pedir una hora urgente a una consulta médica. Llegué a penas, físicamente, al no mantener ni agua ni comida efectivamente, y además vomitar tantas y tantas veces, mi deshidratación era tremenda.

El médico me miró y me puse a llorar. Sentí mucha angustia y fue mi forma de pedir ayuda desde el cansancio y sin usar palabras. Él me examinó, me miró la lengua y me pesó. Ya había perdido 6 kilos, en un poco menos de dos semanas. Inmediatamente llamó a la matrona para hospitalizarme. Me dijo que si me dejaba ir así, lo podían acusar de asesinato, lo que me asustó.

Así que me ingresaron rápidamente a una habitación de la clínica, y creo que les di un poco de lástima. Enfermeras y matronas estaban muy preocupadas. Me dieron una inyección de vitaminas, me pusieron suero y medicamentos inmediatamente y me sacaron sangre. Recuerdo que la sangre era oscura, casi negra. La matrona me hacía cariño mientras me intentaba encontrar una vena. Y me sentí como una niña, vulnerable y débil.

Delante de mi, en el cambio de turno, dieron el diagnóstico que había dado el doctor. “Hiperémesis gravídica”. Ahora entendía. Recordé que la duquesa Kate Middleton había sido hospitalizada de emergencia por eso, pero más no entendía.

Comencé a googlear e investigar y ahí estaba. Es una rara condición del embarazo que afecta desde el 1 al 3% de las embarazadas. Vómitos y náuseas incontrolables, rápida pérdida de peso, deshidratación y desequilibrio de electrolitos. Posible parto prematuro y bebé de bajo peso. Leí que Charlotte Brontë habría muerto a causa de la HG en tiempos donde no había tratamiento.

Quedé perpleja y a la vez aliviada. Por lo menos no estaba loca al decir que esto no era normal.

Me dieron de alta después de estabilizarme y de que tolerara la comida. Fueron dos días en mi primera hospitalización. Me indicaron el medicamento “Pluriamín” para la casa (el que recetan siempre en casos de náuseas y vomitos). Dos en la noche y tendría que estar bien.

Pero no estuve bien. Iban pasando los días y yo comencé a estar igual y peor que antes. Tomaba el medicamento y lo vomitaba. La desesperación comenzó y el miedo a que esto nunca pasara.

Y me volví a descompensar. Esta vez caí inconsciente en el baño, y mi marido me encontró. Él trabaja en neurorehabilitación y me imagino los pensamientos que deben haber pasado por su mente. Después de unos minutos desperté y estaba tan débil que ni siquiera podía armar oraciones coherentes. Mi marido decidió llevarme a otra clínica. Antes de eso recuerdo que me duchó. Fue un momento fuerte para los dos y así lloramos juntos, dentro de la desesperación.

Llegamos y el médico me hospitalizó nuevamente. Esta vez estuve casi cinco días, ya que el daño a mi cuerpo era mayor. No podían encontrar venas para ponerme suero por lo deshidratada que estaba. Me pincharon tantas veces que perdí la cuenta, aunque el dolor ya era algo cotidiano. Mi garganta, mi estomago, mis músculos estaban todos cansados y desgastados.

Recuerdo que esta vez le pedía a Dios por mi bebé. Que por favor no lo perdiera. Que por favor estuviera bien, que se desarrollara bien. Que no sufriera por lo que estaba pasando con mi cuerpo. Que supiera que a pesar de todo lo que estaba pasando, él era anhelado por mi. Que lo amaba.

Cuando me dieron de alta el médico me recetó “Pluriamín” nuevamente. Aguanté las lágrimas. Sabía que volvería a lo mismo otra vez.

Y así fue. Volví al mismo estado de horror, de desgaste. Esta vez ya vomitaba algo que parecía sangre. No me duchaba, no me alimentaba, y lloraba mirando el vaso de agua al lado de mi cama. Tenía tanta sed. Lo único que lograba aliviarme un poco era dormir. Así que me forzaba a mi misma a dormir todo el día. Mi estado era absolutamente triste.

Hasta que decidí buscar ayuda en las grandes ligas. Me fui a la clínica más cara de Chile.

Me hospitalizaron inmediatamente y me estabilizaron, y el doctor me recetó un nuevo medicamento, ya que con mi marido le rogamos que no fuera el mismo de siempre. Debía tomar una pastilla sublingual de “Ondansetrón” diaria. Este medicamento es para las náuseas y vómitos de personas que están afrontando una quimioterapia. Así de potente.

Comencé cada día con las pastillas diarias y comencé a comprender poco a poco que iba a retomar mi vida nuevamente. La Mariana independiente, feliz y contenta, estaba volviendo poco a poco.

Entonces volví a trabajar, a reír, a ser la de siempre. Volví a mí.

El recuerdo de este periodo en mi vida es triste, incomprendido y lo más difícil que he tenido que afrontar. No le desearía ese estado de absoluta fragilidad ni a mi peor enemigo. Un momento en la vida que “debería” ser feliz y lleno de esperanza estuvo manchado por la desesperación e inseguridad.

Eso sí, hoy puedo decir que soy más fuerte que antes de la hiperémesis. Como todo episodio traumático, hoy veo las cosas con una perspectiva diferente. Soy más relajada, me complico por poco. Disfruto cada día, porque alguna vez mi diario vivir se sentía vacío y desolado.

Y por sobre todo, doy gracias por la vida de mi hijo Santiago, quién nació perfecto y maravilloso, y me ha dado la dicha más grande: ser mamá. Por él, pasaría por el infiero de la hiperémesis gravidica las veces que fuera necesario.

Mariana Guajardo

 

Constanza Diaz

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