Esa “enfermedad” llamada niñez

Por Natacha Duartt

Soy Nacha. Y mi hijo padece de una extraña condición que lo afecta emocional, física e intelectualmente llamada: “Niñez”.

Y parece que el mundo en el que vivo no está preparado para ello.

El año pasado, luego de nuestro arribo a Chile después de un tiempo fuera, mi Ammar comenzó clases en una Escuela de Lenguaje debido a que tiene TEL o Trastorno del Lenguaje Expresivo. Ammar entendía todo pero hablaba poco y la mezcla de inglés, árabe y francés del tiempo que estuvimos afuera no ayudó mucho.

Ammar comenzó su experiencia estudiantil con problemas, diversos problemas que se manifestaron con arranques agresivos, pataletas continuas, gritos, etc. Era complicado manejarlo en clases, si bien es un niño que capta todo, su disposición a mantener atención y su paciencia es corta. Por lo que rápidamente captaba lo que necesitaba y se ponía a saltar, a jugar, a hacer ruidos en la clase. Su profesora sugirió atención médica  y luego de escuchar de la propia boca de mi hijo “mamá, me quiero portar bien pero no puedo” se me partió el alma y acudí a un reconocido centro especializado en busca de una opinión psiquiátrica. La cita duró una hora, en una sala de 3 m2, con un par de juguetes, con dos sillas que ocupé yo y mi madre mientras Ammar jugaba con los juguetes en el suelo. Como era de esperar esa situación lo hizo explotar. Y así Ammar mostró en todo su esplendor durante esa hora TODO lo que nos preocupaba: los arranques, los golpes, el tirar todos los juguetes, etc.

La psiquiatra, espantada a pesar de su expertise, sugirió exámenes neurológicos. Lo típico, scanner, electro. Pero para hacerlos debíamos medicarlo un par de semanas con una droga, que si bien su dosis era muy baja, lo mantendría “calmado” para poder realizarle éstos exámenes y descartar o comprobar el diagnóstico principal sospechado por ella. “Cuál es Dra?” pregunté angustiada. “Sospecho de Trastorno del Espectro Autista”.

Salí de esa oficina en shock. Recuerdo que no paraba de llorar, yo y mi madre. Y lo único que repetía en mi cabeza era “¿Por qué no me dí cuenta antes?! ¿cómo no lo noté?”. Me sentí culpable, me sentí ignorante, me sentí estúpida. Fui a la farmacia a pedir la receta cuando como corazonada se me ocurrió llamar a mi marido, como lo hago siempre cuando pasa algo con Ammar, le cuento lo que pasa y me dice “es una locura, mi hijo no es autista”. En este contexto casi que sonaba como negación, pero el padre de Ammar, mi marido, el hombre que ha estado ausente físicamente en la vida de su hijo por nuestras circunstancias familiares especiales sabía más de esto que yo, no por nada tiene un Master en Educación Diferencial. Me prohibió comprarle nada (sí, así de fuerte y claro) y me sugirió buscar otra alternativa.

Así fueron pasando los días, yo angustiada en la pega. No dejaba de buscar opciones, de escuchar los reclamos de la Profesora. De recibir los reclamos de su comportamiento en casa, en el colegio. Dejé de asistir a lugares donde sabía que podría traerme problemas, dejé de sociabilizar con Ammar. Me trajo problemas familiares y recibí juicios de personas que no esperé. Como sea la Madre soy yo y el “problema” era mío y como tenemos arraigado en nuestra cultura que todo lo que hace el hijo es una consecuencia de los padres… por lo tanto era obvio que sus arrebatos era asumidos por otros como juicio libre para señalarme con el dedo mi forma de crianza, posible violencia para con mi hijo, y todo lo que él que quisiera imaginar imaginaba.

No bajé los brazos. Encontré en una famosa clínica de Santiago (que no voy a nombrar pero que cualquiera puede preguntarme internamente si quiere) una “Evaluación Neuropsicológica” que permitía a través de una serie de sesiones, donde una Psicóloga jugaba con Ammar, identificar diferentes trastornos, problemáticas, desarrollo intelectual, todo eso que me preocupaba. Al final te entregaban un informe con todo detallado y explicado sobre las características neuro-psicológicas de tu hijo.

Mientras, mi madre que vivía la misma desesperación que yo, como abuela que participa de la crianza, sugirió llevarlo a una Irióloga como terapia alternativa. La Irióloga recomendó una series de jarabes, gotas y flores de bach como parte de una terapia complementaria. Todo natural. Y así lo hicimos.

Semanas pasaron y Ammar comenzó a cambiar. Estaba más tranquilo, participaba activamente y feliz de las sesiones con la Psicóloga, estaba tranquilo en el colegio. Había logrado estabilizar su ánimo, controlar sus impulsos. La Psicóloga tenía listo su informe casi a fin de año con un resultado que fue para mí impactante.

Ammar era un niño normal.

Ammar era un niño normal, que lo más probable es que pasara por un estado depresivo por consecuencia de los cambios de país y vida familiar y por su incapacidad de hablar normalmente su forma de expresarlo fue a través de aquellos arranques.

Pero era normal. Su inquietud era normal, sus ganas de explorarlo todo era normal, sus ganas de NO querer estar una hora sentado era normal. Sus pérdidas  de atención en algo que ya entendió era normal. Ammar de lo único que sufría era de niñez! Ammar era un niño felíz que ama ser niño, y hacer cosas de niño, de jugar, de bailar, de saltar, de hacer cosas que lo mantengan activo y no aburrido.  Su agresividad y arranques eran una respuesta emocional que gracias a Dios con el tiempo desapareció.

¿Qué nos ha pasado a los grandes que hemos visto la niñez TAN lejana que celebramos a los niños en estado zen?

¿Qué nos pasó como padres que nos da orgullo los niños tipo foto?

¿Que nos pasa que nos molesta ésos gritos de felicidad, ésas risas a todo chancho?!

¿Qué nos pasa cuándo siendo adultos estigmatizamos niños frente a nuestros hijos para hacerlos sentir superiores?

“No te juntes con ese niñito, es muy inquieto”, “¿Te pegó? anda a pegarle tú!”.

¿Qué nos pasa cuándo nos vemos involucrados en peleas de niños?

¿Qué nos pasa, cuando forzamos a un grupo de niños, a que todos sean iguales? ¿actúen igual? ¿sientan igual, se expresen igual?

¿Acaso nosotros, los adultos, somos TODOS iguales?

Ahí me dí cuenta como el manoseo de la palabra “hiperactivo” se ha descontrolado en la boca de nosotros, los adultos. Diagnosticamos niños a diestra y siniestra. Señalamos, apuntamos con el dedo y mientras más adulto se comporte un niño, más “normal” es.

Con el tiempo y el sobre análisis que me caracteriza, comencé a recordar que el problema de Ammar era sólo acá en Chile. Afuera siempre que preguntaba él estaba muy bien, se portaba muy bien, tenía buen comportamiento. Podría creer YO que mi hijo era diferente aquí que allá? NO. Lo único diferente allá (Jordania) era un sociedad basada en el amor a la infancia. La gente ama a los niños, los profesores priorizan que los niños no sufran en el colegio, imparten contenido pero saben que tienen que ir al ritmo de los niños… no los niños al ritmo de ellos. Ni hablar de lo que hemos leído todos sobre Finlandia, suena una locura, pero los niños van al colegio felices a jugar sin ser medidos ni categorizados según sus rendimientos.

Hay un cambio cultural en Chile que nos ha hecho olvidarnos de la niñez, la vemos TAN lejana que nos sentimos en las nubes por tener hijos que se comportan como adultos.

Empecé mi camino el año pasado sospechando de Hiperactividad y Autismo, y (con todo respeto a aquellos que padres que sí tienen hijos con este padecimiento) me dí cuenta que no tenía en casa más que un niño. Un niño, que a muy pesar de otros, AMA ser niño. Y eso no tiene por qué avergonzarme.

P.S.: Dedicado a tanto papá y mamá que ha pasado o pasa por esto.

Ésa “enfermedad” llamada niñez.

Por @NachaCoco

Constanza Diaz

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