De cuando fui mamá y me quise bajar del mundo y el camino que recorrí para volverme a querer

El puerperio fue fatal. Y luego de dos años comprendí que estaba deprimida. Ese niño al que amaba con locura, se había transformado en una pila de nervios, de ansiedad e hiperactividad extremadamente demandante y agotador.

Sufría en silencio, me daba vergüenza admitir que no sabía cómo conectarme con él, que me abrumaba y me llenaba de culpa y sobre todo, que me sentía muy sola.

Mis amigas, madres, a mis ojos, tenían todo resulto, podían reírse y disfrutar de largos paseos con sus hijos sin estresarse en el intento. Y yo no.

Decidí pedir ayuda.

Al tiempo pude observar en mi hijo conductas que me resonaban en lo más profundo de mi ser, pero de lo que no era capaz de reconocer totalmente. Pasó un poco más de tiempo y la  cosa se “normalizó”, aunque dentro mío algo seguía haciendo ruido.

Tenía por ese entonces un emprendimiento de elaboración artesanal de productos naturales de cuidado personal, estaba fija todos los domingos en una feria y eso me mantenía bastante entusiasmada, aunque para mi entorno era una pérdida de tiempo, de dinero, una distracción de las tareas del hogar, bla, bla. Ese emprendimiento terminó cerrando.

FRUSTRACION

No quería sentirme una perdedora, entonces con mis maestrías en Reiki, Registros Akashicos y otras terapias opté por dedicarme a ello, exclusivamente, dentro del horario en el que mi hijo iba al jardín. Volví a conectar con el entusiasmo, las ganas de hacer… pero los clientes empezaron a escasear y nuevamente me vi teniendo que justificar mi decisión ante aquellos que no la entendían. Al tiempo, ya no me quedó otra que aceptar que esto no estaba funcionando y no quedó otra que cerrar.

TRISTEZA

Me carcomía la cabeza pensando en si tenía o no lo necesario para llevar adelante un emprendimiento, elabore las teorías más descabelladas, como por ejemplo que no era lo suficientemente hippie, o que no parecía una persona espiritual, pensé que mi sobre peso era un impedimento… empecé a descreer en mis conocimientos, en mis habilidades, en mi ideología, empecé a descreer en la espiritualidad y casi, en la vida misma. Vi infinitos videos motivacionales, de autoayuda, de espiritualidad y de lo que se pueda ocurrir… Estudié las páginas de muchas personas que se dedicaban a lo mismo que yo, para ver si encontraba una pista de lo que estaba haciendo mal, todos tenían muchísimos likes y comentarios y compartidas… y yo con suerte uno o dos. Mis amigas me pedían referencias de otros, luego me pedían opinión sobre las devoluciones, para cotejar con mi experiencia y conocimiento si le “habían pegado”.

ENOJO

Un enojo interno, silencioso, contaminante… un enojo encubierto, más la frustración de no haber podido sostener mis emprendimientos y de alguna manera darle la razón a todos. Más angustia, más tristeza y más y más soledad. Salir a la calle era sólo para llevar a mi nene al jardín, evitando casi por completo todo contacto con otras personas, porque cada vez que me preguntaban cómo iba la feria… o cuánta gente había atendido esa semana… me daban ganas de llorar.¡ PAREN EL MUNDO QUE ME QUIERO BAJAR!
Flores de Bach, Biodecodificación, Astrología, Angelología y la mar en coche… TODO hice.

SOLEDAD

De pronto me vi como una extraña, me miraba en el espejo y no reconocía la imagen que me devolvía. No toleraba verla. No aguantaba sostenerle la mirada. DURÍSIMO.
Mi hijo me encontró frente al espejo un día y abrazándome dijo “Estás gordita”.

CRISIS

Rompí en llanto. Un llanto que duró meses, que no frenaba y que no podía contener. Un llanto que tenía acumulado hacía años. ¿Qué significaba ese sobre peso? Fue mi búsqueda durante meses. Me sometí a dietas restrictivas, a batidos, a libros sobre “peso ideal” o sobre “la sombra de la maternidad”. Me llamé anoréxica, me llamé bulímica, me odié y critiqué hasta la herida. También empecé un blog, donde iba contando todo el camino de regreso a las causas primarias de mi sobre peso…  y también lo dejé. ¿Quén iba a leer los disparates de una gorda desquiciada?

DESAMOR

Así, sin más, sin pelos en la lengua, sin vueltas. Total y absoluto desamor. Abandono. Descuido. Desprotección. Invisibilidad. Desvalorización. Y esto, ¿ con qué se come?
Fue muy duro comenzar el famoso proceso interno, el famoso trabajo personal de reconocer, aceptar y perdonar para sanar. Y no nos olvidemos de la culpa por estar pretendiendo criar a un niño seguro y amoroso cuando yo no era nada de eso, de la frustración por sentirme la perdedora del año, la incapaz, lo menos de lo menos, de la soledad de no poder compartir mi dolor…
Altibajos, inseguridad, miedo, mucho dolor, llanto descontrolado, aislamiento, soledad, amargura, tristeza… mil cosas más. Es que me pasé casi toda la vida tratando de encajar, de ser aceptada, querida, soporté, callé, toleré cualquier cantidad de mierda y terminé rota, partida, escindida en partes desiguales, para que a otros les cayera bien: porque siempre lo que yo quería hacer era una bosta, mis opiniones eran desubicadas, mis valores de cuarta y mucho más. Juicios y prejuicios que se tatuaron en mi mente y que terminaron transformándose en mis propias creencias.
Estaba criando un hijo, ¿cómo iba a decir que me sentía sola, fea, desgastada, abrumada? ¡NO! Tenía que estar siempre con cara de buenos amigos, con la casa en orden, dispuesta a abrirme de gambas cada vez que a mi marido se le cantara, con la comida siempre lista porque “el labura todo el día” y yo… me rasco a cuatro manos. “Vos tenés que estar siempre arreglada y sonriente, si no tu marido se va a buscar otra… ¡y con razón! La gente tiene que ver que sos feliz, “qué clase de madre no se ve feliz de estar todo el día con su hijo” me han llegado a decir.
Es INCREIBLE la carga mental y emocional que generaba cada comentario de esos, cuánta soledad y cuánto dolor.  Luego llegó la hermanita, de sorpresa y en medio de un caos total. Pero esta vez, algo fue distinto. Tenía mucha información, mucho camino recorrido en relación al amor propio, estaba mejor parada emocionalmente… pero aún así, todo se fue al carajo.

CRISIS, TRISTEZA, FRUSTRACION

De alguna manera había logrado sanar varios de los temas que me aquejaban (la gente que me ayudó y me ayuda tienen mucho que ver) Para empezar, no me deprimí: viví el post parto de una manera más relajada, concediéndome permisos e importándome el resto tres pirulos. Luego, podía verme al espejo sin llorar, SI deseando ser flaca… pero honrando profundamente mis tetas caídas por haber amamantado, mis estrías, la celulitis no, la odio… pero bue! Hoy ya no estoy de post parto, con lo cual el bardo hormonal queda descartado. Hoy me concedo el placer de tirarme un besito cuando me veo linda en el reflejo y si algo no me gusta, le guiño el ojo y digo “ya me vas a gustar”. Hoy siento que todos esos pedazos ya no existen, porque ya no estoy rota. He avanzado mucho, con propósito y dedicación. No soy experta en autoestima/valoración, pero sí estoy aprendiendo. Me estoy pudiendo perdonar por haber cedido mi poder personal a los juicios de otros, me he perdonado por maltratarme durante tantos años, por sabotearme.
No tengo idea de quién soy hoy, más “la de antes” no tiene cabida. Ahora sé que no estoy sola, me tengo a mi y tengo la referencia de muchas mujeres que están en el mismo proceso de amarse.
Es que las mujeres somos mágicas y cuando nos apoyamos las unas a las otras, cuando vamos reclamando el poder que dejamos escapar, cuando nos hermanamos… los milagros suceden.

Constanza Diaz

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