De cuando fui niñera por una semana y salí arrancando para no regresar más

No tenía hijos en ese tiempo. Y tampoco estaba en mis planes tenerlos. Vivía en Washington DC con mi marido y éramos una familia Childfree. En el futuro teníamos pensado ser padres, pero no todavía. Yo tenía treinta años recién cumplidos y un bebé no estaba en mis planes cercanos. Me encantaba la ciudad, una ciudad maravillosa, colmada de sitios históricos, museos, parques. Restoranes de todas las comidas del mundo para comer hasta hastiarte si así lo querías. DC era una ciudad fascinante para mí. Aún lo es y espero algún día poder regresar a vivir ahí.

En ese entonces yo no estaba trabajando puesto que no tenía permiso legal para hacerlo por lo que se me ocurrió ser Baby sitter. Experiencias con niños no tenía mucha más que mi sobrina mayor que tenía dos años y yo adoraba con el alma. Nunca tuve afinidad con bebés y jamás fui de esas que se abalanzaba sobre uno, al contrario. Yo me hacía a un lado porque no sabía qué hacer con uno. No tenía, digamos, ese instinto maternal que te fluye cuando ves a una criatura y del que todos hablan.

Busqué anuncios en internet y fui a muchas entrevistas de trabajo. Ninguna parecía llenar mis expectativas. Muy lejos, muchos niños, el horario no me acomodaba. En fin, seguía buscando. Hasta que llegué a una casa que apenas emtré dije: Acá me quedo.

La familia tenía dos niñas. Una de un año y medio y la otra de siete. Yo debía cuidar a la bebé, Kelly. La madre trabajaba en casa en el tercer piso. Le conté que era chilena, periodista, que mi marido era abogado y trabajaba para la defensorís penal pública y que yo quería un trabajo part time. Me contrataron inmediatamente. El primer día llegué súper entusiasmada. La casa era linda, acogedora. Una Town house que yo quería para mí. El sueño americano en mis pies. La madre subió a trabajar y me pasó a la bebé Kelly.

¿Qué hago ahora? Entré en estado panicoso del que tuve que salir inmediatamente y por obligación.

Fuimos al jardín. ¿Cómo entretengo a esta criatura? Senté a la pequeña en su silla para jugar a las tacitas y …. ¡Paf! Se cayó de frente al suelo y se puso a llorar. Me quería morir. La tomé rápidamente e intenté calmarla. No había sido mi culpa pero tampoco se me tenía que haber caído. ¡Mi primera hora de trabajo! Negligencia total.

Llegó la madre corriendo. Me van a despedir, pensé. Obvio. Yo haría lo mismo.

Pero no me despidieron. El día se me hizo eterno. La chica mayor no me hacía caso en nada. Nos pusimos a ver Clifford. Un perro gigante que apenas cabía en su casa. Al mediodía ya no sabía qué más hacer con Kelly. Nunca pensé que sería tan difícil el trabajo de niñera. Duré una semana en él y lo pasé pésimo. La beba lloraba, la hermana se arrancaba. La madre quería que yo la entrenará para dejar los pañales. ¡Yo!

Salíamos a pasear por nuestro barrio americano que yo amaba intensamente porque estaba lleno de maravillosas casas y jardines, olor a flor, a pasto y seguro muchas familias jóvenes y felices viviendo dentro. O al menos, eso es lo que una inocentemente piensa.

La niña mayor  huía muerta de la risa y la pequeña, bueno, la pequeña actuaba como todas las niñas de su edad: comía, hacia caca, lloraba, reía, caminaba se caía.

Me superó mi trabajo. No lo aguante. Mi sentido maternal era igual a cero. No hubo caso de conexión alguna. Huí. Renuncié. La madre me rogó que me quedara. Pero le dije que no. Insistió un poco más y le seguí diciendo que no. Volví a mi departamento en Alexandria y volví a lo mío. A escribir. Y pensé que criar niños ajenos era demasiado difícil. Luego descubrí que criar incluso los propios es complicado.

Por eso, después de esa experiencia, admiro profundamente a todas las niñeras del mundo porque es un trabajo importantísimo y muy complicado. Lidiar con niños que no son tuyos, no es fácil. Al menos para mí no lo fue.

Constanza Díaz

Constanza Diaz

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