Cuando nació mi hijo pedí que no me lo llevaran en la noche y fue lo mejor

Por Constanza Díaz

Cuando fui mamá por segunda vez ya sabía a lo que iba. No fue como la primera vez que me enfrentaba a algo total y completamente desconocido. Esa vez estaba nerviosa y apanicada, la segunda vez estaba más tranquila. Si bien me daba terror la segunda cesárea por la que pasaría, ya que sabía muy bien el tremendo dolor que esa cirugía significa, en términos de maternidad estaba más tranquila y preparada. Llevé a la clínica una serie de chupetes para ponerle a mi hijo apenas naciera. No estaba dispuesta a ser chupete de mi hijo 24/7 así como lo había sido de mi primer hijo. Una amiga me recomendó que llevara chupete al momento de parir y así lo hice y fue la mejor decisión. Mi pequeño chupó tete sin problema alguno y me facilitó mucho la primera etapa de la crianza.

Cuando llegó la noche y la enfermera me preguntó si traía a mi hijo a las tres de la mañana a tomar pecho le dije que NO. Sin remordimiento alguno. Tenía clarísimo que eran esas tres noches en la clínica las últimas noches en las que podría descansar. En casa me esperaba mi hijo de un año y cinco meses que aún despertaba bastante mientras dormía y mi hijo que acababa de nacer. Dos bebés para cuidar. Sería tremendo trabajo. Por lo que decidí descansar en la clínica y que no me llevaran a mi hijo en la noche. Las tres noches dije lo mismo: no gracias, no lo traigan. Puede que para algunas mujeres suene duro y me consideren una horrorosa madre, sin embargo, opté por mi descanso para recargar baterías. Las iba a necesitar.

Mi hijo había nacido con una hipoglucemia, es decir un bajo nivel de azúcar en su sangre, por lo que lo habían alimentado desde el primer minuto con leche de fórmla combinada con mi pecho. Sabía que de hambre no se moriría y que estaría bien cuidado. Mi Tomás pasó esas tres noches en la sala cuna de la clínica y yo descansé, vi televisión, dormí. Una maravilla. No me siento mala madre. Al contrario, lo hice por todos nosotros. Ya venía agotada con otro bebé en casa. Llevaba casi un año y medio durmiendo poco y mal.  Era en la clínica mi única oportunidad para descansar. No había otra en el futuro cercano.

Mi hijo Tomás pasó esas noches sin mí, hasta que llegamos a casa. Hoy es un niño de cinco años alegre, risueño, muy travieso. Se duerme abrazado a mí junto a su hermano, me hace dibujos, es buen amigo de sus amigos, juega con su hermano mayor como los mejores amigos que son. Es cariñoso, es mamón. Nos adoramos y jamás, ni por un segundo, me arrepentí de mi decisión. Esas noches en la clínica fueron como haber ido a un SPA adonde me atendieron las 24 horas del día. Si bien estaba muy adolorida por la cesárea, estuve contenta. Fue mi pequeño paréntesis para continuar siendo la mejor versión de mamá para mis hijos. Con sus altos y sus bajos, con sus días buenos y malos, acá seguimos y si tuviera otro bebé, haría lo mismo.

Constanza Diaz

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