Cuando llega la noche

Hoy me atrevo a confesar que la maternidad es agobiante y esclavizante. Hoy me atrevo a confesar que la maternidad te lleva a un agotamiento físico y mental que jamás te lo hubieras imaginado ni siquiera si te lo hubieran contado.

.Hoy me atrevo a confesar que adoro a mis hijos infinitamente pero me encanta cuando llega la noche y por fin se duermen. Me encanta ese mágico momento  cuando el sueño los vence y yo me paro lentamente de la cama adonde los acurruqué para que se durmieran y me desplazo,  casi  en punta y codo, aguantando la respiración para que no despierten.  Con los zapatos en la mano, porque si despiertan, me miran fijamente y me dicen: ¡Mamá! ¿Adónde vas? Y regreso a toda carrera a meterme con ellos a la cama. Agotada, con hambre. Esperando que se duerman.

A veces, me entierro un lego en el pie. Porque siempre los juguetes están por todos lados, hasta en los lugares más insólitos. Una vez pillé unos en el refrigerador.  ¡En el refrigerador!

El Lego duele . ¿Se han enterrado un Lego? Es doloroso. Pero me aguanto el dolor y sigo estoica mi camino hacia la cocina. Con una sensación de libertad y felicidad. Una mezcla fantástica y absurda. Y no me da culpa confesarlo.  Absurda porque es algo tan básico pero cuando eres madre esos momentos se agradecen y se disfrutan. Así como ir al supermercado a comprar el pan. Estiras esos minutos a más no poder. Recorres los pasillos a paso de tortuga y disfrutas mirando los etiquetados y componentes de los alimentos como si realmente te interesaran demasiado pero en realidad no te importan nada.  Lo que estás haciendo es descansando un rato de la maternidad.  Disfrutas el paseo al súper como si estuvieras en un Spa 5 estrellas.

Y eso, les digo, es normal. A todas nos pasa lo mismo. Aunque no todas se atreven a confesarlo.

Silencio absoluto. Delicioso de la noche. Saco el chocolate que escondo en la parte alta del refrigerador y lo saboreo sin culpa alguna. Cuando eres madre el chocolate se convierte en un elemento de contrabando en casa. ¿Se han fijado?  El chocolate se guardo en lugares adonde los niños no puedan acceder. Buscamos escondites y son nuestro lugar secreto adonde ocultamos todos esos contrabandos que son sólo nuestros.

Adoro la noche y poder ver un canal de televisión que no sea el Discovery Kids. Adoro la noche porque me encanta la tranquilidad  y poder conversar con un adulto temas de adultos. Relajarme. Darme un baño de tina si quiero  sin que mis niños me interrumpan cada tres minutos. Porque a ellos les encanta ir al baño cuando UNA está en el ahí. Siempre todo acontece cuando estás sentada en la taza del baño o tomando una ducha. Las peleas, los llantos, las ganas de comer.  Las ganas de ELLOS de ir al baño. Pareciera que los niños tuvieran una alarma que se activa cada vez que cerramos la puerta  y nos sentamos en el WC. Apenas estamos en ese trámite biológico algo ocurre. Siempre.

Confieso que me encanta arrancarme con una amiga a tomar un café  y no me da culpa decirlo. Porque somos madres pero también somos mujeres y tenemos todo el derecho del mundo a tener nuestro espacio. Nuestra vida. Nuestro mundo más allá de los niños.  Es sano. Es terapéutico. Hace bien.

Es justo y necesario.

Nos merecemos un espacio. Nos merecemos una calle con nuestro nombre. Nos merecemos un monumento. Porque ser madre es lo mejor que nos ha pasado, pero también es agotador y temendamente demandante. Muchas veces colapsamos y nos sentimos totalmente superadas. Dormimos poco y mal. Nos llevamos la totalidad del trabajo porque al padre de la criatura no le cambia la vida ni la mitad de cómo nos cambia a nosotras.

Me gusta la noche porque puedo descansar y decir finalmente: Libre, soy libre y feliz.

 

Constanza Díaz Hauser

Constanza Diaz

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