Cuando la vida te hace pedazos, perder a un hijo y la pena irreparable

Perder un hijo es una de las cosas más terribles que puede vivir una persona. Es devastador. Es lo más crudo y horrible que puede pasar en este mundo. Yo soy madre y perdí a mi hermano. Y si bien mi dolor es inexplicable, el de mis padres es inhumano. Nadie en el mundo debiese tener que pasar por algo así. Y ver, compartir y vivir este duelo al lado de ellos es algo tan dificil que finalmente hace que uno se cuestione absolutamente todo. Porque por duro que parezca, tarde o temprano, todos dejaremos este mundo y en el a quienes más queremos. Sé que muchos creen en un reencuentro, otros en la reencarnación, otros en una perfecta unión del alma con el universo. Por lo mismo, no quiero comentar absolutamente nada de religiones ni creencias de ningún tipo, ni de lo que cada uno cree que pasa al morir. Porque esto se trata de los vivos. De los que se quedan acá tratando de sobrevivir. De esos padres que pierden amigos. Que se aíslan. Que quieren desesperadamente hablar de su hijo y nadie quiere escucharlos. Porque es incómodo. Pero créanme, para esos padres es un regalo. Si los ven. Abrácenlos. Cuéntenles alguna historia que vivieron con su hijo, entréguenles alguna  foto de el que estos padres no tengan,  ¡nómbrenlo! Se los van a agradecer y es un regalo para ellos.
Cuando mi hermano murió, hace un año y medio, el mundo se detuvo. Y todo se volvió irreal. Y mi única obsesión era tratar de hacer esto lo menos brutal para mis padres. Pero no se puede. Es imposible. Son miles de cuchillos clavados al mismo tiempo en el corazón. Y no se sanan nunca. Sólo se aprende a vivir con el dolor.
Pero también, uno olvida los problemas cotidianos. Ya no importa el taco, la cuenta, las peleas tontas, el clima. Los abrazos son más largos y las despedidas más cortas. Aprendes a contemplar el árbol que siempre estuvo ahi y jamás miraste. A vivir sin mochila. A disfrutar más la vida. A encontrar un nuevo sentido. Una forma más simple y liviana de vivir. Porque créanme. En UN segundo todo se puede ir al carajo. Y ese es nuestro trabajo. AGRADECER. Agradecer todos los días que  estamos vivos, que estamos sanos, que podemos abrazar a nuestros hijos. Porque desgraciadamente esta aventura llamada vida tiene fecha de caducidad. Y no queremos que nos pille sin haber abrazado lo suficiente o sin haber dicho te quiero innumerables veces.
A todos los padres que han perdido hijos un abrazo enorme.

Constanza Diaz

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