Cuando el peor de los días puedes convertirlo en el mejor de ellos si intentas ser una mamá zen

¿A quién no le ha pasado?
Hoy domingo, un lindo día de sol en Concepción, mi marido tenía turno hasta las 20:00 horas. Como nunca, todas mis redes de apoyo fallaron, por lo que me tuve que quedar sola con mi toddler de 2 años, que es la personificación misma del meme de tener la licuadora encendida con la tapa abierta. Pero esto no me podía superar un día como hoy, que me levanté en estado zen.
Lo más difícil es cambiarle el pañal. ¡hace unas pataletas terribles cuando tengo que mudarlo! Hoy no fue la excepción. Hizo un berrinche atroz, así que le puse el pañal mientras estaba parado, pataleando. Como no se le pasaba, se me vino a la mente el comodín que nunca falla.
– ¿Vamos al Jumbo?- le dije.
– ¡BUBÓ!- me respondió, emocionado, olvidando en forma automática su pataleta, ya que iríamos a pasear a su lugar favorito.
“Esta es la mía – me dije-. Lo saco a pasear un rato para acortar la tarde y aprovecho de comprarle la comida al perro”. Lo subí al auto y nos fuimos. Salimos apurados. Tanto así, que se me quedó su mochila adentro de la casa y las llaves encima del mesón de la cocina. ¡A las 5 de la tarde! Obligada a entretenerlo durante tres horas, hasta que llegara mi marido. “No importa, iremos al Jumbo un rato y luego daremos vueltas en el auto, tal vez lo puedo llevar a la universidad para que corra un poco”.
Cuando lo voy a bajar del auto… ¡horror! Estaba hecho pipí hasta las orejas. Y yo sin su mochila, sin las llaves de la casa. Él saliendo de una bronquitis y todo mojado, hediondo a pipí. “No importa – me dijo mi propia conciencia-. Estamos en un supermercado, aquí tenemos todo lo que hay en la casa, sólo tenemos que comprarlo”. Así que entramos, compré un short y una polera, pañales, toallitas húmedas, un colado y un postre de frutas. Me fui como la madre empoderada (que nunca he sido) con él al baño, sin importar que al tomarlo en brazos toda mi ropa se impregnara de pipí. “No importa, cuando llegue a la casa me cambio de ropa”. Mi mente muy serena, sin embargo, mi cuerpo pagó el precio del estado zen, porque canalizando el estrés me transpiraban hasta las pechugas.
Después de todo ese desastre, todo resultó bien. Lo mudé, nos fuimos al rincón Jumbo donde le di su colado y postre de fruta, yo me comí un super 8 para abaratar costos, y luego volvimos al supermercado a comprar la comida del perro. Paseamos por todos los pasillos, le di galletas, vio videos en el celular, y sin darnos cuenta se nos pasó la tarde y volvimos a la casa. Mi marido había pedido una rica pizza. Cuando fui a acostar a mi pequeño, estaba tan cansada que me quedé dormida antes que él, y él se acurrucó conmigo y se durmió después, cuando en un día normal la hora de dormir es una pelea infernal.
Al rato me desperté, me preparé un té verde y me vine a escribir esta historia. Acabo de recordar que me encanta escribir, y es algo que no hacía hace más de diez años. Una forma perfecta para terminar un día caóticamente hermoso.

Constanza Diaz

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