Childfree: sin hijos por elección

Por Pía Rossi

Durante los últimos 10 años se ha abierto paso entre nuestra cerrada sociedad un grupo “especial” de mujeres. Mujeres que, si bien ahora al menos, figuran en el radar colectivo sin ser excluidas, aún creo que viven con una letra escarlata que -a medida que van cumpliendo 30 y más- se va haciendo más y más grande. Estas mujeres son como todas: minas, simpáticas, trabajadoras, cariñosas, pololean, adoran a sus familias, sobrinos, etc. e incluso son excelentes tías para los hijos de sus amigas, PERO no se imaginan de mamá, así de simple. No quieren tener hijos. No les interesa tener hijos. Ellas son la nueva tendencia Childfree.

Yo no soy de esas mujeres. Yo pertenezco al otro grupo, al más masivo. Yo tengo dos niños y siempre supe que quería ser mamá. Somos mujeres, que si bien ya no nacemos y nos criamos exclusivamente para procrear o encontrar marido, aún entendemos la maternidad como una fuente de realización. No la única, por cierto, pero fuente al fin.

Veo a diario cómo todo para nosotras  es el doble de complicado que para los hombres. Todo. Desde lo más simple como tener equilibrio hormonal, bañarse en la playa sin parte de arriba, no tener que depilarse, etc. Hasta lo más trascendental y complejo como el decidir si se trae vida al mundo o no. Y sí, digo “decidir” porque al final es eso, una decisión por la que serás juzgada por sí o por no.

Una de mis mejores amigas está en ese proceso ahora. Tiene 36 años, una relación estable hace mucho tiempo, vive sola y no quiere tener hijos. O cree que no quiere. No sabe, en verdad. Su novio ama a los niños y le ha comentado varias veces el típico “cuando tengamos guagua…”, pero ella en vez de ilusionarse y empezar a pensar nombres (como asumen que hacemos) se petrifica, cambia el tema y se estresa. No entiende por qué no le “nace” el instinto o por qué al tomar guaguas recién nacidas de sus amigas no le viene esa chorrera de hormonas que griten “quiero una!”. Lo que sí le viene es esta especie de parálisis emocional y dudas, cientos y cientos de dudas y, por supuesto, MIEDO.

¿Qué pasa si por no decidirse se le pasa el tiempo y después se arrepiente?, ¿qué pasa si por este aletargamiento ante la decisión resulta que priva a su pololo de ser feliz siendo papá?, ¿qué pasa si finalmente cede y después no tiene cómo devolver al crío?

Yo la escucho y se me vienen dos cosas a la cabeza:

  • ¡La embarramos (mis amigas y yo) al quejarnos tanto del sueño, el cansancio, la poca ayuda de los maridos, etc. Y la aterramos!
  • ¡Qué injusto! ¿Por qué es ella la que tiene que decidir por los dos? ¿por qué siempre todo recae en la mujer? ¡por la cresta! Porque por mucho comentario pro-guagua, tampoco es que el pololo se haya puesto firme en su posición, haya aquietado sus temores y la haya invitado a emprender juntos este viaje por la paternidad. No. Entonces es como que uno debiera aceptar al potencial padre, sus costumbres, creencias respecto del rol de una mamá y “tomarlo o dejarlo” y después asumir las consecuencias no más porque “me conociste así”.

 

Al final siento que a esta generación le tocó demasiado difícil. Hay tantas opciones que ya no hay nada seguro en la vida. La libertad de elegir es una bendición, pero también puede ser nuestra condena, porque estamos destinados a vivir las consecuencias de nuestras propias decisiones sin poder culpar al “no me dejaron estudiar eso” o el “en mis tiempos no habían anticonceptivos”, por ejemplo.

Ahora todo es a mil y eso trae el tremendo peso. Si eres mamá tienes que ser pro-colecho, pro-lactancia, hiper preocupada de reciclar, de dar comida orgánica, de que tus niños estén conectados con sus emociones, pero que les vaya bien en el colegio también, obvio sin dejar de lado los deportes y ojalá algún instrumento musical. Y tú, mientras tanto, tienes que ser profesional proveedora, guapa, mamá presente, con cada vez menos ayuda externa (llámese nana o abuelos) y ojalá runner. Y las que no somos así (o al menos no en todo) igual tenemos que vivir justificándonos y argumentar con consistencia digna de la HAYA por qué no queremos un tercer hijo o no nos tinca el yoga para “mamis y guaguas”. ¡Agote!

Yo al menos la tuve más fácil que mi amiga porque siempre supe que iba a querer ser mamá, pero obviamente no me imaginé lo difícil que sería. Como siempre digo: mis niños son lo máximo…el máximo amor, el máximo agote, la máxima preocupación, la máxima rabia, el máximo orgullo, el máximo miedo…

Son pocas las que se arrepienten de los hijos que tuvo. No se atreven a confesarlo, pero las hay. Al final es TAN difícil el tema que al menos en el caso de mi amiga prefiero no opinar y me limito a escuchar y responder sus dudas. Le doy mi opinión, obvio, pero ni yo sé qué haría en su lugar así que menos me voy a aventurar con consejos desde la galería. Lo único que sé es que quiero que sea feliz y sé que puede serlo con o sin niños.

Constanza Diaz

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